sábado, 19 de septiembre de 2009

Sí al Motu Proprio «Summorum Pontificum»

«Lo que para las generaciones anteriores era sagrado, también para nosotros permanece sagrado y grande». Benedicto XVI.
Queremos que un sacerdote de Cristo del Opus Dei o de la diócesis celebre la Misa de cara a Dios y no le de la espalda al sagrario o a los antiguos altares con reliquias de mártires y ara de piedra pura y no se ponga él como protagonista, sino que el sagrario tenga el sitio de honor de siempre en los templos y que el crucifijo presida la celebración y no el sacerdote, porque la Misa es el vivo, puro y santo sacrificio del Calvario y no una simple cena memorial como lo hacen los protestantes y en la que he observado que la mayoría de los sacerdotes pronuncian de la misma manera la parte principal del Canon que comienza por: “La víspera de su Pasión, tomó pan en sus santas y venerables manos” sin hacer la pausa que señala la rúbrica del Missale Romanum: “teniendo la hostia con los dedos índice y pulgar de las dos manos, pronuncia sobre la hostia las palabras de la consagración, en voz baja pero distintiva y atentamente”. El tono cambia, se hace íntimo; las cinco palabras “Hoc est enim Corpus meum” operan el milagro de la Transustanciación. El nuevo misal invita al celebrante a guardar el tono narrativo como si se tratara, efectivamente, de recordar el hecho de la última Cena, y no como una fórmula consagratoria sino como una recitación que el sacerdote pronuncia para recordar el momento en la que Cristo lo pronunció en la última Cena; arrancando todo el misterio, la solemnidad, la belleza, la tradición que se produce cuando se recita en voz baja en lo secreto donde Dios está y en la paz del silencio para consagrar el pan y el vino en el Santo y puro Cuerpo del Señor y en su preciosísima Sangre, de este modo como en oriente se cierran las cortinillas de los iconostasios, en occidente se guarda silencio, admiración y devoción al momento culmen del sacrificio de Cristo, por acción divina del Espíritu Santo, pone de manifiesto la sacralidad del momento y subraya la diferencia esencial entre sacerdocio común de los fieles y sacerdocio ministerial. Por último decir que nos da pena como los sagrarios se apartan, se ponen a un lado del altar o como ya no se ve el crucifijo en el altar como siempre, como no se recibe al Señor de rodillas como muestra de respeto, adoración, devoción y amor... Que Nuestra Madre del Cielo la Santísima Virgen María nos ayude a llevar a cabo la reforma de la reforma del Concilio Vaticano II, pese a que ni la fe ni la Iglesia comenzaron en dicho concilio hace 40 años...Dios os bendiga y me haga sacerdote si es su voluntad. "Laudetur Iesus Christus".

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