jueves, 27 de agosto de 2009

Un balance del Concilio


"En un coloquio organizado en la primavera de 1986 por la prestigiosa École Française de Rome, para conmemorar el vigésimo aniversario de la terminación del Vaticano II, el Prof. A. Rémond afirma que el concilio aportó importantes novedades en la vida de la Iglesia. Fue, ante todo, el primer concilio de la historia celebrado a cielo abierto, bajo la mirada atenta de los observadores de otras confesiones cristianas, de los medios de información y de la opinión pública mundial".

Por primera vez, herejes y cismáticos rebeldes a la fe católica estaban presentes y activos en un concilio de la Iglesia Católica, concilio que se hizo más bien para adaptar la fe y culto y mentalidad católica al gusto de los separados que para afirmar y defender la fe católica integralmente y sin ambigüedades.

El Cardenal König de Viena reconoce que "los documentos conciliares pasaron por las manos" de los observadores protestantes y ortodoxos y que "su opinión fue buscada y valorada. También fueron capaces de clarificar malentendidos e introducir nuevos aspectos, y sus opiniones se plasmaron en varios decretos conciliares". Como si de un encuentro ecuménico se tratara y no de un concilio "DE LA IGLESIA CATÓLICA" como los anteriores.

La influencia protestante y cismática, judía y masónica sobre el concilio es indudable. Después de la clausura del concilio, Oscar Cullmann, observador protestante en todas las sesiones conciliares dijo: "Con una mirada retrospectiva, y considerando el conjunto del concilio, nuestras expectativas, excepto en pocos casos, y en la medida deseada no eran ilusiones; se han visto cumplidas e incluso superadas en muchos puntos". En toda verdad, las exigencias de Martín Lutero, el más grande heresiarca de la historia de la Iglesia, fueron aceptadas e introducidas en la Iglesia Católica.

Todos los historiadores reconocen que el concilio marcó un giro en el tono de la enseñanza de la Iglesia acerca de sus relaciones con el mundo moderno, fruto de la ideología anticristiana y atea, "pasando de una actitud de profundo pesimismo a una apreciación más diversificada de los valores de la modernidad", es decir, valores de negación de lo sobrenatural, de la vida eterna, de la moral y fe católica. "El Vaticano II imprimió también una nueva orientación eclesiológica: de la reivindicación de un estatuto privilegiado para la Iglesia de servicio que rehúsa aparecer como dominadora".

En otras palabras la Iglesia, Madre de las naciones que durante siglos ella formó y protegió, debe ponerse al mismo nivel que cualquiera secta fundada hoy. Con esta ideología los hombres de la Iglesia del Vaticano II desamparan a los católicos, aceptando que el Estado no tenga religión; que los políticos hagan leyes que hacen violar la moral católica y menospreciar la fe. La secularización, es decir, descristianización actual que hace sufrir a tantas familias, fue aceptada y pedida por los modernistas desde un primer momento y tomaron el poder en la Iglesia. "Finalmente, dice Rémond, la Declaración sobre la libertad religiosa, al afirmar su legitimidad, alteraba sustancialmente su fundamento doctrinal. Esta libertad no será una concesión a la hipótesis, el mal menor que es forzoso tolerar, sino que la Declaración aporta un planteamiento nuevo que hace fundar la libertad religiosa en el respeto a la conciencia y en la libertad del acto de fe". Está claro que el acto de fe en sí es libre, pero, los ideólogos modernistas niegan la realeza de Nuestro Señor Jesucristo en la sociedad, dando igual derecho al error que a la verdad; favorecen el relativismo religioso y moral; niegan lo que habían enseñado durante siglos todos los Papas y adoptan la ideología masónica cuyo fin es destruir la fe católica y descristianizar a los pueblos cristianos. Todo esto había sido denunciado y rechazado durante tres siglos por los papas Gregorio XVI, Pío IX, San Pío X, Pío XI y Pío XII.

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