martes, 25 de agosto de 2009

La Sancta Missa en la vida del cristiano, (V).


“Sin oración no puede haber fuerza para resistir al enemigo ni para practicar las virtudes cristianas: la oración es para el alma lo que el fuego para el hierro; cuando el hierro está frío es duro y difícil de trabajar, pero “puesto al fuego se ablanda y entonces el forjador le da la fuerza que desea”.
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“Para observar los mandamientos y consejos divinos se necesita tener un corazón blando; es decir, dócil y fácil para recibir las impresiones de las inspiraciones divinas y para ponerlas en práctica, que es lo que pedía Salomón al Señor: Darás a tu siervo un corazón dócil.
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“Al presente, y por causa del pecado, nuestro corazón es naturalmente indócil y duro, porque estando inclinado al placer sensual, recalcitra contra las leyes del espíritu, como se lamentaba el apóstol: Siento en mis miembros otra ley que lucha contra la ley del espíritu (Rm. 7, 23). Sólo se hace blando y dócil el corazón bajo el influjo de la gracia que se le comunica en la oración; al considerar la bondad divina, el amor que Dios nos ha demostrado y los inmensos beneficios que nos ha hecho, se inflama nuestro corazón, se enternece, y se convierte en materia apta para seguir las voces de Dios; pero sin oración el corazón quedará como antes era, duro, reacio y recalcitrante, y acabará en la ruina: El corazón duro acabará mal, y el que ama el peligro en él perecerá (Ecli. 3, 27).
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“Con razón exhortaba San Bernardo al Papa Eugenio que no dejara la oración por el vértigo de los negocios: “Temo, Eugenio, que la balumba de los negocios te arrastre a dejar la oración y la meditación y se te endurezca con esto el corazón, que no podrá aborrecer sus defectos, porque nos los verá”.
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“Quizá a alguno se le ocurra pensar que es cosa perdida y ociosa el tiempo que dan a la oración las almas fervorosas, pudiendo emplearlo en obras útiles, como ellos dicen. Esos tales no saben que en la oración es donde hacen las almas acopio de fuerzas para derrotar al enemigo y practicar las virtudes. De ese reposo proceden las fuerzas, según San Bernardo.
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“Es lo que significaba el Amado con aquellas palabras: Nos despertéis a mi esposa hasta que ella quiera (Cant. 3, 5). Dice hasta que ella quiera, porque el sueño, o sea el reposo que toma el alma en la oración, debe ser voluntario, pero, al mismo tiempo, es necesario para la vida espiritual: el que no duerme no puede trabajar ni seguir el camino, sino que va cayéndose de cansancio. El alma que no reposa y no toma fuerzas en la oración no tiene fuerzas para practicar el bien y resistir a las tentaciones, y va dando tumbos por e camino”.
(De: Una sola cosa es necesaria).

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