martes, 29 de septiembre de 2009

La Santa Misa


La Misa es un Sacrificio. La primera cosa que jamás se ha de olvidar es que la Misa es un Sacrificio, un acto por el cual la Iglesia tributa oficialmente a Dios en nombre de todos, un culto supremo de adoración o de latría, que sólo a Él es debido en virtud de la excelencia incomparable de su divino Ser, de quien todo dimana, y a quien todo finalmente va a parar. Y así la Misa se ofrece tan sólo a las Tres personas de la Santísima Trinidad.
Sus Cuatro Fines. Y precisamente el sacerdote, para reconocer el soberano dominio de Dios sobre las creaturas, ofrece a Dios a nuestro Señor Jesucristo mismo, el cual, al ser inmolado en la cruz, rindió al Padre un culto infinito de adoración y de gracias, de expiación y de impenetración. El Sacrificio de la Misa, al poner en el altar la Víctima del Calvario, nos permite adorar por medio de ella y cual conviene a Dios, darle gracias dignamente por todos sus beneficios, aplacarle plenamente mediante la oblación de la Sangre de Jesús y pedirle favores, con la certeza de ser siempre atendidos, porque esas peticiones van hechas en nombre de Aquél que, con sólo mostrar al Padre sus gloriosas llagas, intercede por nosotros sin cesar en el cielo y en la Eucaristía.
La Misa y los Tiempos Litúrgicos. Y como quiera que todos los misterios de la vida del Salvador cooperaron en unión con el del Calvario en nuestra salvación, la Iglesia celebra su aniversario en el Sacrificio de la Misa en las diferentes festividades del Ciclo Temporal, o Ciclo de Cristo. En Navidad, por ejemplo, se ofrece a Dios el divino Infante del pesebre con todo aquello en que más gloria dio Cristo al Padre, especialmente durante los años de su santa infancia. Pues la Misa, en todo ese tiempo, nos aplica de un modo muy especial las gracias particulares que Jesús entonces nos mereció, y que nos ayudarán a practicar cada año mejor las excelsas virtudes de que Jesús y María nos dieron ejemplo.
La Misa en Honor de los Santos. Pero la Misa se ofrece también en honor de los Santos, como lo demuestra el Ciclo Santoral; con lo cual se afirma que precisamente, merced a la Eucaristía - Sacrificio al par que Sacramento - llovió del cielo sobre los Santos tal torrente de gracias. De manera que cede en honra de los Santos el que glorifiquemos así la obra del Altísimo en ellos, que son sus obras maestras. También resulta un hermoso tributo de homenaje para los Santos el que unamos en el altar su memoria a la de Jesús; lo cual se hace siempre que celebramos el aniversario de su tránsito, y aun todos los días en el Canon de la Misa. Miembros como son del cuerpo místico de Cristo, es conveniente se les asocie al sacrificio de su Cabeza, ya que por sus trabajos y aun por su martirio, mezclaron su sangre con la de la Víctima divina. Por eso la Iglesia incrusta en el ara misma del altar las reliquias de los Santos y muy en especial de los Mártires en el sitio mismo en que se coloca la Sagrada Hostia. Dice a este propósito San Agustín, que toda la asamblea redimida, o sea, toda la sociedad de los Santos es el sacrificio universal, siendo ofrecida a Dios por el gran sacerdote que por nosotros se ofreció en su Pasión.
Es también para los Santos un gran honor, el mayor que dárseles pueda, el ofrecer a Dios en su nombre la Sangre de Jesucristo para adorar al Altísimo y para darle gracias por medio de Cristo, por las larguezas que con ellos usó. La eficacia de sus pasados méritos y de su oración actual suben de quilates cuando se presentan a Dios en unión con los méritos y plegarias de Jesús, Medianero universal; lo cual tiene lugar muy especialmente cuando el día de su fiesta se celebra la Misa en honor de los Santos. Parece como que Dios se complace más en la oblación de la Sangre de Jesús, cuando se pone a los Santos por medianeros. Así que, cuando asistimos a Misa, es preciso hagamos estas tres cosas:
Recomponer el Cuadro Histórico del acontecimiento de la vida de Cristo o de alguno de sus Santos, acontecimiento cuyo aniversario se celebra. A eso tiende la Misa de los Catecúmenos, con los múltiples elementos que la integran: Ornamentos, Cantos, Introito, Epístola, Evangelio, etc.
Ofrecer a Dios para su mayor honra y gloria el Misterio del Salvador o los actos de virtud practicados por el Santo que se festeja. (Canon de la Misa). No conviene - fuera del caso de necesidad - comulgar antes de haber hecho esa ofrenda, que a más de aplacar al Altísimo, nos garantiza los divinos favores.
Pedir a Dios (en el Padrenuestro) y recibir por los méritos e intercesión de Jesús y de sus Santos las gracias que ellos recibieron cuando acá abajo vivían (lo cual es fruto de la Comunión y de la Poscomunión).
Si a este método, que es el método del Misal, se añade el canto colectivo del pueblo fiel, especialmente el Canto Gregoriano, en las misas cantadas solemnes, entonces será completa la participación activa en los sacrosantos Misterios; entonces sí que beberemos en ellos el genuino espíritu cristiano en su fuente primera e indispensable, conforme a los vivos anhelos de (San) Pío X.
Se puede decir que, en general, la mejor participación, el mejor modo de asistir al Santo Sacrificio consistirá en hacer nuestras las fórmulas que el mismo sacerdote reza, no tanto repitiéndolas maquinalmente, sino sacando de ellas reflexiones serias y piadosas que correspondan a los pensamientos expresados por las oraciones de la Misa.
Tal manera de asistir a la Santa Misa, al Santo Sacrificio parece ser la preparación ideal a la Santa Comunión, por ser la misma que la Iglesia impone al Papa, a los Obispos y a todos los Sacerdotes cuando celebran. Es además muy apta para desarrollar dentro del alma los sentimientos de contrición (desde el Introito hasta las oraciones); de fe (desde las oraciones hasta el Credo); de amor (en la Comunión), y de gratitud (desde las últimas oraciones hasta el fin); sentimientos todos indispensables para recibir con fruto la Eucaristía. La participación más cumplida en la Santa Misa, que es la Comunión, alcanza por ahí todos sus frutos, por ser ella una de las aplicaciones más perfectas de las condiciones requeridas por el Decreto de Su Santidad (San) Pío X para "cosechar más copiosos frutos de la Comunión. Esas condiciones son: una preparación más esmerada y una acción de gracias conveniente a la recepción del divino Sacramento".


Por: Don Gaspar Lefébvre O.S.B

lunes, 28 de septiembre de 2009

La Hermandad Sacerdotal de San Pío X no es herética ni sedevacantista ni cismática


Es falso que se haya de considerar “herética” a la Hermandad.


Ni a mons. Lefebvre ni a los cuatro obispos que consagró los han acusado nunca de herejía las autoridades competentes, ni en sentido material ni en sentido propio o formal. No obstante ello, se han usado varias veces calificaciones absolutamente impropias para referirse a mons. Lefebvre, como las siguientes: mons. Lefebvre era “un hereje”, porque se comportaba “como rebelde” y era, por ende, “hostil” al Papa. El “obispo rebelde”, como lo definían y siguen definiéndolo ciertos periódicos, se vuelve “un hereje” en opi­nión de los más, debido entre otras cosas, a la ignorancia de las más elementales nociones del derecho canónico y de la teología de la Iglesia. Pero ¿quién es el hereje? Leamos por entero el c. 751 del Código de Derecho Canónico de 1983, que contiene asimismo la definición del apóstata y del cismático: «Se llama herejía la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma; apostasía es el rechazo total de la fe cristiana; cisma, el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos».
Ni mons. Lefebvre ni los obispos y sacerdotes de la Hermandad han pertenecido nunca a ninguna de las categorías catalogadas en este canon. No aceptar el accidentado concilio ecuménico Vaticano II, al que se le imputan desde varias partes, no sólo desde la Hermandad, errores doctrinales así como ambigüedades graves, no significa en absoluto ser un hereje, visto que dicho concilio, como sabe todo el mundo, no proclamó verdades de fe “divina y católica”, o sea, no definió dogmas, sino que se declaró “pastoral”, y ello en un sentido nuevo y nada claro, puesto que el objeto declarado de esta “pastoral” era la puesta al día de la verdad católica en función de la mentalidad del “hombre moderno”.


No puede considerarse “cismática” a la Hermandad en sentido propio o formal.


¿No aprobaron en su momento los juristas de la Pontificia Universidad Gregoriana una “tesis” de licenciatura que sostenía lo mismo? (*). Así que, incluso a juicio de las autoridades vaticanas de hoy, no se dio jamás el famoso cisma lefebvriano. Lo que se verificó fue un “alejamiento”, afirma Su Eminencia, una separación, no un “cisma” en sentido propio. Intentemos explicar la sutil diferencia que media entre ambos.

¿Una situación de “alejamiento” constituye de suyo un cisma? Es evidente que no. El “alejamiento” que deriva de una desobediencia no es, si bien se mira, un auténtico “alejamiento” respecto de la Iglesia militante, puesto que la desobediencia no configura una situación que pueda definirse como cismática en cuanto tal; en caso contrario, habría que afir­mar que toda desobediencia constituye un cisma, lo cual no es verdad. Para que se dé un cisma no basta con una desobediencia: se necesitan otros elementos, que en el caso que examinamos brillan por su ausencia.

En 1988, mons. Lefebvre, frustrado por meses de negociaciones complejas y agotadoras que seguían sin desatar el nudo gordiano, fundamental para él, del nombramiento efectivo de uno o varios obispos ligados a la Tradición para guiar a la Hermandad, procedió a realizar las cuatro famosas consagraciones episcopales, desoyendo las exhortaciones papales a demorarlas más todavía. Dada la “necesidad” espiritual de muchas almas, que se dirigían a él en busca de ayuda desde todas partes del mundo católico, y dado también lo avanzado de su edad y su delicado estado de salud, mons. Lefebvre obró convencido de hallarse en un estado de necesidad: la necesidad de proveer a toda costa a la supervivencia de la Hermandad, seguro de respetar el espíritu de sus estatutos, que eran y siguen siendo los de una congregación cuya misión consiste en la formación de sacerdotes de una manera conforme con la Tradición de la Iglesia y en el mantenimiento de la santa misa de rito romano antiguo (denominada tridentina). Tamaña convicción, ya fuera acertada o errónea, impide en cualquier caso, si se está a lo que dispone el Código de Derecho Canónico de 1983, la aplicación de la censura de excomunión.

La desobediencia constituida por una con­sagración episcopal sin mandato pontificio la castigaba el Código de Derecho Canónico de 1917 con la suspensión a divinis. El có­digo actual, en cambio, prevé la excomunión latae sententiae (es decir, aplicable por el Papa sin proceso), a menos que haya circuns­tancias atenuantes o eximentes, entre las cua­les se cuenta la existencia y hasta la convicción, aunque fuese equivocada, de la exis­tencia del estado de necesidad. El código establece, en efecto, que, tocante al estado de necesidad, cuando la violación de la norma se efectúe por un acto intrínsecamente malo o que redunde en daño de las almas, se da en la "necesidad" nada más que una circunstancia atenuante, aunque suficiente para excluir la fulminación de la pena de excomunión, que ha de sustituirse por otra pena o por una penitencia. Si la violación, en cam­bio, se verificara con un acto que no fuera intrínsecamente malo ni redundase en daño para las almas [y una consagración sin man­dato, efectuada sin animus schismaticus, no es, ciertamente, una cosa mala en sí o que redunde en daño para las almas], entonces no se daría realmente imputabilidad alguna, por lo que no se podría irrogar una pena ni ninguna otra forma de sanción. Pero si el sujeto juzgara que se halla coaccionado a obrar en estado de necesidad, sin que su acción constituyera nada malo en sí, ni redundara en daño para la salud de las almas, entonces tendría derecho, en este caso, a solas las ate­nuantes, lo cual significa que también aquí, aunque mereciera la excomunión, ésta no podría ser fulminada, por lo que debería ser sustituida por otra pena o por una penitencia. Debe recordarse, además, que cuando el error de juicio que se mencionó más arriba tuviera lugar sin culpa por parte del sujete agente, entonces éste tendría derecho a la eximente en vez de a la atenuante (*).

Estando a lo que dice la ley, la desobediencia del llamado “obispo rebelde” no habría debido ser sancionada con la excomunión; de ahí que mons. Lefebvre y la Hermandad, amparados en su buena fe y convencidos de la existencia objetiva del estado de necesidad, sostuvieran siempre que la excomunión debía reputarse por inválida y que no se había verificado cisma alguno.
Pero no se dio ningún cisma no tanto a causa de la invalidez de la excomunión cuanto porque ni mons. Lefebvre ni los cuatro obispos que consagró tuvieron, ni mostraron tener nunca, una voluntad cismática. Hasta tal punto fue así, que mons. Lefebvre no confirió a estos últimos el poder de jurisdicción en sentido propio (lo cual demuestra, según nos parece, su buena fe), que supone una base territorial, organizada en auténticas diócesis.
La verdadera voluntad cismática se evi­dencia, en cambio, en declaraciones expre­sas por parte de los que se separan (como en el caso de Lutero, quien declaró a boca llena que no reconocía ya la autoridad del Papa como jefe de la Iglesia universal), y, en cualquier caso, se echa de ver en un comportamiento orientado a crear una “iglesia paralela” efectiva, como se suele decir, unas organización eclesiástica nueva, autocéfala, que no reconoce la autoridad del Papa (como hizo asimismo el propio Lutero, y como habían hecho antes que él los católicos de rito griego denominados “ortodoxos”, visto que la llamada “iglesia ortodoxa” o “griega” es, en realidad, una secta cismática). La Hermandad, en cambio, ha reconocido siempre la autoridad del Romano Pontífice y de los obispos, y ruega siempre por el Papa y por el ordinario local en la celebración de la santa misa. Además, nunca se ha organizado en parroquias o diócesis, paralelas a las oficiales de la santa Iglesia, sino tan sólo en “distritos”, que son realidades geográficas, no administrativas, dado que se identifican con las naciones o hasta con los continentes (distrito de Francia, de Italia, de Asia); se trata de realidades, de espacios, en cuyo ámbito los obispos ejercen una “jurisdicción supletoria” de base per­sonal y no territorial, es decir, tan sólo el poder de orden (impartir y administrar los sacramentos), que se puede aplicar en función de las necesidades causadas por las circunstancias, las cuales se expresan en las demandas concretas de las almas, de manera semejante a cuanto hacen los obispos en tierra de misión. Y, en efecto, el card. Castrillón reconoce que la Hermandad, a diferencia de los sacerdotes de Campos, «que mantenían de hecho una organización paralela a la diócesis», es una «asociación no reconocida [formalmente por la Prima Sedes y, por ende, no encuadrada en las figuras previstas en el código de 1983], servida por obispos que se declaran "auxiliares "» (entrevista citada publicada en 30 Giorni). Auxiliares porque, al no tener diócesis alguna, al no ejercer por lo mismo el poder de jurisdicción, al no gobernar, en suma, una organización paralela a la diócesis, ejercen la "jurisdicción supletoria" que se mencionó líneas arriba, según lo requieran los casos concretos a medida que éstos se presenten, ad personam, por el bien de las almas.


No es cierto que sea inválida la ordenación de los obispos y sacerdotes de la Hermandad.


¡Cuántas veces se ha oído decir que los sacramentos administrados e impartidos por los sacerdotes de la Hermandad carecían de validez porque sus ordenaciones tampoco la tenían, y que, por ende, asistir a las misas celebradas por ellos, o confesarse con los mismos, constituía sólo una pérdida de tiempo, o incluso un pecado, como si al hacer tales cosas, también los fieles se volvieran “heréticos” y “cismáticos”! Mas este modo de pensar ni respondía ni responde a la verdad.
El card. Castrillón ratificó el significado teológico y canónico exacto de las ordenaciones episcopales y sacerdotales de la Hermandad: son perfectamente válidas a despecho de que se hicieran ilegítimamente a causa de la prohibición de la autoridad suprema. Los obispos de la Hermandad son obispos a todos los efectos, así como son sacerdotes a todos los efectos los ordenados por ellos; y lo son también los ordenados por mons. Lefebvre después de ser suspendido a divinis por su negativa a cerrar el seminario de Ecône y a desmovilizar a la Hermandad, que había sido suprimida ilícitamente por el ordinario local en 1975 (ilícitamente porque el ordinario carecía de suyo del poder, que pertenece al Papa en exclusiva, de suprimir una congregación de vida común sin votos, cual era y sigue siendo la Hermandad: se necesitaba una autorización pontificia expresa, cosa que no se dio jamás).
Por eso, la ilegitimidad que se sigue atribuyendo hasta el presente a las ordenaciones de la Hermandad no significa invalidez. Sólo significa esto: que el individuo que cumplió el acto (el cual no deja de ser válido en sí mismo) queda sujeto a una sanción por parte de la autoridad legítima, al haber prohibido ésta a su tiempo la comisión del acto en cuestión, el cual se realizó, por lo mismo, sin su mandato. Se trata de un problema meramente disciplinario, de importancia secundaria, entre los obispos y curas ordenados y la Prima Sedes, un asunto interno de la jerarquía eclesiástica, que no atañe a los fieles en manera alguna, en el sentido de que no incide ni en la validez de dichas ordenaciones, ni en la de los actos que ejecutaron después, en el ejercicio legítimo de los poderes derivados de la ordenación misma, las personas que recibieron aquéllas (celebrar la santa misa, bautizar, confirmar, confesar, practicar exorcismos, etc.).
Si se reconoce, además, la existencia objetiva del estado de necesidad, que mons. Lefebvre no dejó nunca de invocar, entonces las ordenaciones que realizó ni siquiera son punibles, como que el estado de necesidad suprime la imputabilidad, según se vio. Desaparecería, pues, la nota de ilegitimidad que se sigue atribuyendo a las ordenaciones mismas. Sin embargo, la Santa Sede no ha llegado todavía, a lo que parece, a reconocer plenamente el estado de necesidad, que Mons. Lefebvre invocó en su momento.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Dichos de San Juan María Vianney (V)


“La mayor parte de los cristianos vive en pecado, esperando siempre tener una buena muerte, confiando en que dejarán el estado de culpa, que harán penitencia y que antes de ser juzgados repararán los pecados que cometieron. Mas el demonio los engaña, y no saldrán del pecado más que para ser precipitados al infierno”.
*
“Cuanto más nos retrasamos en salir del pecado y volver a Dios, mayor es el peligro en que nos ponemos de perecer en la culpa, por la sencilla razón de que son más difíciles de vencer las malas costumbres adquiridas”.
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“Cada vez que despreciamos una gracia, el Señor se va apartando de nosotros, quedamos más débiles, y el demonio toma mayor ascendiente sobre nuestra persona”.
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“Cuanto más tiempo permanezcamos en pecado, nos ponemos en mayor peligro de no convertirnos nunca”.
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“¿No es verdad, amigo mío, que muchas veces piensas: dejemos hablar al cura, y hagamos nosotros nuestra vida ordinaria? Pues, amigo mío, tú te estás condenando”.
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“¿Cuál será nuestra desesperación en el momento final de nuestra vida terrena, al ver que podíamos salvarnos y que nos hemos condenado?”.
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“A cuántos ha arrastrado el demonio al infierno, con la esperanza de que se convertirían. Hermanos míos, ¿qué pensarán ustedes, que me escuchan y no practican la oración, ni se confiesan, ni piensan en convertirse?”.
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“Un momento más, y aquel pecador que vivía tranquilo en el pecado será juzgado y condenado; un instante más, y llevará consigo sus lamentos por toda la eternidad”.
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“De haberlo querido Dios, todos seríamos iguales. Pero no fue así, previó que por nuestra soberbia, no habríamos resistido someternos unos a otros”.
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“Dios puso en el mundo ricos y pobres, para que unos a otros nos ayudáramos a salvar nuestras almas”.
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“Mi único deseo es amarte, Dios mío, y sé que te amaré en mi hermano…”
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“¡Oh! amoroso Dios, prefiero morir amándote que vivir un instante sin ti”.
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Fuente: El Cura de Ars, Sufrir amando no es sufrir.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Origen del canto gregoriano


El origen de la antigua música eclesiástica, con carácter de monodia, cantada en la liturgia del Rito Romano bajo el nombre de Canto Gregoriano, se remonta a un pasado lejano. El nombre tradicional se deriva de el del Papa Gregorio el Grande (hacia el año 600). Gregorio I, fue Doctor de la Iglesia. Cursó leyes y hacia el año 570 obtuvo el cargo de praefectus urbis. Se retiró después a su propia casa, la cual convirtió en cenobio. En el año 578 se ordenó sacerdote y en el 590 fue elegido Papa; tuvo que hacer frente a una gran crisis por haber fracasado la restauración de Justiniano. Fue el primer pontífice que con su revisión pastoral y su reforma se abrió al mundo germánico. Debido a un dato aportado por su biógrafo, se admitió más tarde y de manera generalizada, que este Papa no sólo había pulido y arreglado el repertorio musical de la antigua música eclesiástica, sino que incluso fue él mismo autor, bien en parte o bien totalmente, de numerosas melodías. Fueron sus obras: pastorales, Regula pastoralis; hagiográficas, Libri quattuor dialogorum; y homilíticas Homiliae 22 in Ezech, y Homiliae 40 in Evang. En su iconografía se le representa frecuentemente escribiendo bajo el dictado e inspiración del Espíritu Santo, que aparece simbólicamente en forma de paloma situada cerca de su oído.Sin embargo, el Canto Gregoriano que en la actualidad podemos encontrar recopilado en varios volúmenes y formando un todo unitario, no es obra de un solo hombre ni siquiera de una sola generación. El conocimiento que poseemos de la historia y del origen de las melodías eclesiásticas está lejos de ser profundo ya que apenas han llegado hasta nosotros algunos pocos manuscritos anteriores al siglo IX. Afortunadamente, el estudio comparado de los viejos textos y de las formas litúrgicas ha arrojado nueva luz sobre este tema. Los graduales y las antífonas actuales contienen todos los cantos correspondientes al año eclesiástico, pero el orden en el que se nos presentan, no nos indica de qué períodos proceden las diferentes melodías ni tampoco a qué cambios han estado sometidos y cómo se han producido en el transcurso de los siglos.El cristianismo no rompió nunca con las formas culturales que ya existían en el momento de su aparición. Lo que hizo fue retomarlas y, solamente en caso de necesidad, adaptarlas para su propio empleo. El lenguaje y el arte del medio cultural se pusieron al servicio de la propagación del nuevo mensaje religioso. De este modo, los primeros cristianos utilizaron, sin duda, las melodías que previamente conocían.En Jerusalén y sus alrededores, donde se sitúa la zona en la que surgieron los primeros cristianos organizados, existían dos culturas, una al lado de otra, y también entremezcladas: la cultura tradicional puramente judía que tenía expresión en el templo y en los servicios de las sinagogas y la cultura de la civilización helenística que había surgido en los últimos siglos antes de Jesucristo y que se extendía por los países de la cuenca del Mediterráneo (desde Alejandría en Egipto, hasta Roma). Esta cultura creó un lenguaje común, el llamado griego helenístico, y en ella se fundieron otras varias culturas propias de los diferentes pueblos que formaban parte de este mundo tan amplio y variado. La liturgia de Roma -que se celebraba, en principio, en lengua griega y a partir del siglo IV ya en latín-, empleaba palabras de origen hebreo procedentes de la época anterior a Cristo, como "Hosanna", "Aleluya", "Amén", y también palabras griegas como "Kyrie eleisson" y "Agios" o Theos".La música primitiva proviene, esencialmente, de las sinagogas judías. Carecemos de datos acerca de la antigua música helenística para poder constatar sus huellas o su influencia sobre la música cristiana. En la liturgia cristiana podemos detectar, por el contrario, el claro influjo de la liturgia judía, como, por ejemplo, la plegaria que se entona cuando se enciende la lámpara a la caída de la tarde (Vísperas) "Deus in adjutorium meum intende. Domine ad adjuvandum me festina", o la santificación de las horas en los oficios (Primas, Tercias, Sextas y Nonas). Desde la salida hasta la puesta del sol, los antiguos cristianos dividían el día en doce horas.La alternancia de la lectura de los textos de la Sagrada Escritura y de los cantos se ha conservado a través de los siglos, al igual que persona de mayor rango entre las presentes dirija los rezos y que el diálogo establecido entre este "presbyteros" (sacerdote) y el pueblo (congregación), sea contestado por éstos últimos, siempre sobre sencillos motivos. El cantante solista mantuvo su importancia entre los primeros cristianos. En Occidente, su papel fue poco a poco siendo asumido por la "schola" (un pequeño grupo de cantores elegidos), y aquí reside la razón de la paulatina decadencia y posterior abandono de la florida ornamentación original de la melodía ( trinos, etc).Debido a su origen en las sinagogas, el Canto Gregoriano fue, en su principio, exclusivamente vocal. Los etíopes y los coptos todavía utilizaban los antiguos instrumentos de percusión tal y como se menciona en los salmos y que en los cultos de la antigüedad tan sólo eran utilizados en el templo de Jesuralén. Habría de transcurrir mucho tiempo antes de que el órgano hiciese su aparición en las iglesias occidentales; en Oriente, por el contrario, este instrumento se empleó en las festividades profanas.Durante los siglos que siguieron, el órgano encontró su verdadero lugar en los templos, acompañando, incluso, a la música Gregoriana que, en principio era, como antes apuntamos, únicamente de carácter vocal. Para unos, el verdadero Canto Gregoriano debe conservar esta forma desnuda de interpretación vocal sin acompañamiento, mientras que otros afirman que es conveniente el órgano y no desean ser privados de un acompañamiento que se les ha hecho tan familiar.En Occidente surgieron dos nuevos factores que determinaron poderosamente el curso de la música religiosa. Uno de ellos fue la oposición de la Iglesia Romana al excesivo empleo en las funciones litúrgicas de los himnos; el otro fue el cambio que sufrió la lengua de la liturgia con el paso del griego al latín, lo cual supuso que a partir del siglo IV hubiese que re-traducir los salmos a prosa latina. A partir de estos momentos, al mantener la línea melódica solista con carácter improvisatorio, que con frecuencia hacía uso de temas tradicionales, es posible encontrar de nuevo la expresión libre de los sentimientos descritos en los textos de los salmos, sentimientos de alegría, de serenidad, de arrepentimiento y de paz, de odio y de amor, es decir, todos aquellos sentimientos en los que los salmos son tan abundantes. Es aquí donde encontramos el verdadero fondo de la riqueza antifonal del repertorio que pertenece al Canto Gregoriano, muy en particular los cantos que acompañan ciertas partes de la celebración eucarística (misa): el Introito, el Ofertorio y la Comunión. El Canto Gregoriano constituye una auténtica fuente de inspiración para el libre desarrollo de la melodía y la expresión emocional de la música occidental.

Santa Teresa de Jesús y la Santa Misa


"Sin la Santa Misa, ¿qué sería de nosotros? Todos aquí abajo pereceríamos ya que únicamente eso puede detener el brazo de Dios. Sin ella, ciertamente que la Iglesia no duraría y el mundo estaría perdido sin remedio"

viernes, 25 de septiembre de 2009

Arzobispo ortodoxo ruso sobre la nefasta reforma liturgica católica


Recordando que los ortodoxos tienen un tipo de liturgia diferente al católico, decimos que ellos tienen la celebración de la Eucaristía según el Rito Bizantino, que es el más ampliamente seguido en las Iglesias del Oriente.

Las celebraciones de la Eucaristía según el Rito Bizantino se llaman Divinas Liturgias, es decir, la Divina Liturgia de San Juan Crisóstomo, con este bello y significativo nombre se designa la celebración de la Eucaristía según el Rito Bizantino, el más ampliamente seguido en las Iglesias del Oriente cristiano. Con diferencias mínimas en el ceremonial, esta forma de liturgia es usada por los Ritos subsidiarios del gran Rito bizantino, como, por ejemplo el Rito Bizantino Rumano. La Liturgia Bizantina recibe su denominación de la antigua Constantinopla o Bizancio, capital del antiguo Imperio Romano de Oriente, hoy Estambul (Turquía), y se remite a los grandes Padres de la Iglesia, San Basilio y San Juan Crisóstomo, que configuraron la liturgia y crearon sus principales textos eucológicos, en concreto, las plegarias eucarísticas.


La Divina Liturgia de San Juan Crisóstomo se celebra en una atmósfera de gran belleza y sentido de la adoración a Dios, realzada por el canto de los ministros, el iconostasio y el ceremonial.
Otro importantísimo aspecto de la Liturgia Bizantina es la sensación que transmite de comunión entre la Iglesia terrena y la Jerusalén celeste, convirtiendo, en realidad, la celebración en la antesala o en la participación anticipada en la liturgia que se oficia eternamente en la presencia de Dios y del Cordero glorificado, liturgia descrita en el Apocalipsis.

Y como muy bien ha afirmado el arzobispo ortodoxo del patriarcado de Moscú: "Los servicios divinos ortodoxos son un tesoro inapreciable que debemos custodiar cuidadosamente", escribió Hilarión. "He tenido la oportunidad de estar presente en servicios tanto católicos como protestantes, que fueron, con raras excepciones, bastante decepcionantes... Desde las reformas litúrgicas del Concilio Vaticano II, los servicios en algunas iglesias católicas han acabado siendo poco diferentes a los protestantes".
De nuevo, estas palabras de Hilarión parecen encontrar eco en las propias preocupaciones de Benedicto XVI. El Papa ha puesto en claro que él desea reformar la liturgia de la Iglesia católica, y preservar lo que contenía la vieja liturgia y que ahora corre el riesgo de perderse.
Hilarión citó al ortodoxo Juan de Kronstadt de forma aprobadora. San Juan de Kronstadt escribió: "La Iglesia y sus servicios divinos son una encarnación y una realización de todo en el cristianismo... Es la sabiduría divina, accesible a los corazones sencillos y llenos de amor".
Estas palabras resuenan en palabras escritas por el cardenal Ratzinger, ahora Benedicto XVI, quien a menudo dijo que la liturgia es una "escuela" para los sencillos cristianos, impartiendo las profundas verdades de la fe incluso incluso a los ignorantes a través de sus oraciones, gestos e himnos.
Hilarión en años recientes ha llegado a ser conocido por sus composiciones musicales, especialmente para Navidad y para Viernes Santo, celebrando el nacimiento y la Pasión de Jesucristo. Estas obras han sido ejecutadas en Moscú y en Occidente, en Roma en marzo de 2007 y en Washington en diciembre de 2007.
Unas relaciones más cercanas entre Roma y Moscú, entonces, podrían tener profundas implicaciones también para la vida cultural y litúrgica de la Iglesia en Occidente. Esto podría ser una renovación del arte y la cultura cristianas, además de la fe.
Todo esto estaba en juego en la reunión reservada entre el arzobispo Hilarión y Benedicto XVI en la tarde del viernes, en el palacio apostólico con vistas al lago Albano. Y esta noticia y estas afirmaciones de los ortodoxos nos deberían motivar a custodiar la bellísima y sacra tradición litúrgica de nuestra Iglesia Católica, que vemos que el Papa lo quiere hacer y lo está haciendo, ¡¡¡Gloria a Dios!!! Nuestra liturgia de siempre es también un tesoro inapreciable que debemos de custodiar cuidadosamente...
Laudetur Iesus Christus!!!

jueves, 24 de septiembre de 2009

Misa Pontifical en Saint Louis, EEUU

Monseñor Burke posó para una fotografía junto a las religiosas
El Arzobispo Raymond Burke, Prefecto de la Signatura Apostólica, ha celebrado el pasado fin de semana, una Solemne Pontifical, en Saint Louis, Missouri, EE.UU.

Con motivo del 90 aniversario de las Carmelitas del Divino Corazón de Jesús, con gran alegría constatamos el retorno de la solemnidad y la belleza propios del culto católico


La celebración de la Santa Misa fue celebrada muy solemnemente y fue muy multitudinaria...

miércoles, 23 de septiembre de 2009

San Pío de Pietrelcina


Memoria


Nació en Pietrelcina, en la región italiana de Benevento, el año 1887. Ingresó en la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos y llegó a ser sacerdote, ejerciendo el ministerio con gran entrega pastoral. Configurado plenamente con Cristocrucificado, completó su peregrinación terrena el 23 de septiembre de 1968.
"Solo quiero ser un fraile que reza...”“Reza, espera y no te preocupes. La preocupación es inútil. Dios es misericordioso y escuchará tu oración... La oración es la mejor arma que tenemos; es la llave al corazón de Dios. Debes hablarle a Jesús, no solo con tus labios sino con tu corazón. En realidad, en algunas ocasiones debes hablarle solo con el corazón...” -Padre PíoEl Padre Pío es uno de los más grandes místicos de nuestro tiempo, amado en todo el mundo. Nos enseñó a vivir un amor radical al corazón de Jesús y a su Iglesia. Su vida era oración, sacrificio y pobreza. Alcanzó una profunda unión con Dios.Famoso confesor. El Padre Pío pasaba hasta 16 horas diarias en el confesionario. Algunos debían esperar dos semanas para lograr confesarse con él, porque el Señor les hacía ver por medio de este sencillo sacerdote la verdad del evangelio. Su vida se centraba en torno a la Eucaristía. Sus misas conmovían a los fieles por su profunda devoción. Poseía una ferviente devoción por la Virgen María.

DONES EXTRAORDINARIOS:

Discernimiento extraordinario: la capacidad de leer los corazones y las conciencias. Profecía: pudo anunciar eventos del futuro. Curación: curas milagrosas por el poder de la oración. Bilocación: estar en dos lugares al mismo tiempo. Perfume: la sangre de sus estigmas tenía fragancia de flores.Llegaban a verle multitud de peregrinos y además recibía muchas cartas pidiendo oración y consejo. Los médicos que observaron los estigmas del Padre Pío no pudieron hacer cicatrizar sus llagas ni dar explicación de ellas. Calcularon que perdía una copa de sangre diaria, pero sus llagas nunca se infectaron. El Padre Pío decía que eran un regalo de Dios y una oportunidad para luchar por ser más y más como Jesucristo Crucificado. Su beatificación fue la de mayor asistencia en la historia. La plaza de San Pedro y sus alrededores no pudieron contener la multitud que asistió a su beatificación. El Padre Pío es un poderoso intercesor. Los milagros se siguen multiplicando.
Sin duda alguna lo que ha hecho famoso al Padre Pío es el fenómeno de los estigmas: las cinco llagas de Cristo crucificado que llevó en su cuerpo visiblemente durante 50 años. Un poco más de un mes después de haber recibido el traspaso del corazón, el Padre Pío recibe las señas, ahora visibles, de la Pasión de Cristo.El Padre describe este fenómeno y gracia espiritual a su director por obediencia: “Era la mañana del 20 de septiembre de 1918. Yo estaba en el coro haciendo la oración de acción de gracias de la Misa y sentí poco a poco que me elevaba a una oración siempre más suave, de pronto una gran luz me deslumbró y se me apareció Cristo que sangraba por todas partes. De su cuerpo llagado salían rayos de luz que más bien parecían flechas que me herían los pies, las manos y el costado.Cuando volví en mí, me encontré en el suelo y llagado. Las manos, los pies y el costado me sangraban y me dolían hasta hacerme perder todas las fuerzas para levantarme. Me sentía morir, y hubiera muerto si el Señor no hubiera venido a sostenerme el corazón que sentía palpitar fuertemente en mi pecho. A gatas me arrastré hasta la celda. Me recosté y recé, miré otra vez mis llagas y lloré, elevando himnos de agradecimiento a Dios”.Los estigmas del Padre Pío eran heridas profundas en el centro de las manos, de los pies y el costado izquierdo. Tenía manos y pies literalmente traspasados y le salía sangre viva de ambos lados, haciendo del Padre Pío el primer sacerdote estigmatizado en la historia de la Iglesia (San Francisco Asís no era sacerdote).El provincial de los Capuchinos de Foggia invitó al Profesor Romanelli, médico y director de un prestigioso hospital, para que estudiara el caso y diera su parecer. El Doctor Romanelli no tuvo la menor duda del carácter sobrenatural del fenómeno. Poco después la Curia Generalicia de los Capuchinos en Roma envió a San Gionanni Rotondo a otro especialista, el profesor Jorge Festa. Sus conclusiones fueron que “los estigmas del Padre Pío tenían un origen que los conocimientos científicos estaban muy lejos de explicar. La razón de su existencia está mas allá de la ciencia humana”.La noticia de que el Padre Pío tenía los estigmas se extendió rápidamente. Muy pronto miles de personas acudían a San Giovanni Rotondo para verle, besarle sus manos, confesarse con él y asistir a sus Misas.La palabra ESTIGMA viene del griego y significa “marca” o “señal en el cuerpo”, y era el resultado del sello de un hierro candente con el cual marcaban a los esclavos. En sentido médico, estigma quiere decir una mancha enrojecida sobre la piel, que es causada porque la sangre sale de los vasos por una fuerte influencia nerviosa, pero nunca llega a ser perforación. En cambio los estigmas que han tenido los místicos son lesiones reales de la piel y de los tejidos, llagas verdaderas como, en este caso, las han descrito los doctores Romanelli y Festa.

Oración
Oh Dios omnipotente y eterno, que otorgaste que san Pío, presbítero, participara de la cruz de tu Hijo con una singular gracia y renovaste por su ministerio las maravillas de tu misericordia, concédenos que, por su intercesión, unidos continuamente a los dolores de Cristo, seamos felizmente conducidos a la gloria de la resurrección. Per Christum Dominum Nostrum. Amén.

La falta de sacerdotes no justifica la clericalización de los laicos

"...El número exiguo de presbíteros podría llevar a las comunidades a resignarse a esta carencia, consolándose con el hecho de que ésta pone de manifiesto mejor el papel de los fieles laicos. Pero la falta de presbíteros no justifica una participación más activa y numerosa de los laicos. En realidad, cuanto más los fieles se vuelven conscientes de sus responsabilidades en la Iglesia, tanto más sobresalen la identidad específica y el papel insustituible del sacerdote como pastor del conjunto de la comunidad, como testigo de la autenticidad de la fe y dispensador, en nombre de Cristo-Cabeza, de los misterios de la salvación".

martes, 22 de septiembre de 2009

La Visión diabólica de León XIII


Muchos de nosotros recordamos cómo, antes de la reforma litúrgica debida al Concilio Vaticano II, el celebrante y los fieles se arrodillaban al final de la misa para rezar una oración a la Virgen y otra a san Miguel arcángel. Reproducimos aquí el texto de esta última, porque es una hermosa plegaria que todos pueden rezar con provecho:San Miguel arcángel, defiéndenos en la batalla; contra las maldades y las insidias del diablo sé nuestra ayuda. Te lo rogamos suplicantes: que el Señor lo ordene! Y tú, príncipe de las milicias celestiales, con el poder que te viene de Dios, vuelve a lanzar al infierno a Satanás y a los demás espíritus malignos que vagan por el mundo para perdición de las almas.¿Cómo nació esta oración? Transcribimos lo publicado por la revista Ephemerides Liturgicae en 1955 (pp. 58-59).El padre Domenico Pechenino escribe: "No recuerdo el año exacto. Una mañana el Sumo Pontífice León XIII había celebrado la santa misa y estaba asistiendo a otra de agradecimiento, como era habitual. De pronto, le vi levantar enérgicamente la cabeza y luego mirar algo por encima del celebrante. Miraba fijamente, sin parpadear, pero con un aire de terror y de maravilla, demudado. Algo extraño, grande, le ocurría.Finalmente, como volviendo en sí, con un ligero pero enérgico ademán, se levanta. Se le ve encaminarse hacia un despacho privado. Los familiares le siguen con premura y ansiedad. Le dicen en voz baja: "Santo Padre, ¿no se siente bien? ¿Necesita algo?" Responde: "Nada, nada". Al cabo de media hora hace llamar al secretario de la Congregación de Ritos y, dándole un folio, le manda imprimirlo y enviarlo a todos los obispos diocesanos del mundo. ¿Qué contenía? La oración que rezamos al final de la misa junto con el pueblo, con la súplica a María y la encendida invocación al príncipe de las milicias celestiales, implorando a Dios que vuelva a lanzar a Satanás al infierno".En aquel escrito se ordenaba también rezar esas oraciones de rodillas. Lo antes escrito, que también había sido publicado en el periódico La settimana del clero el 30 de marzo de 1947, no cita las fuentes de las que se tomó la noticia. Pero de ello resulta el modo insólito en que se ordenó rezar esa plegaria, que fue expedida a los obispos diocesanos en 1886. Como confirmación de la que escribió el padre Pechenino tenemos el autorizado testimonio del cardenal Nasalli Rocca que, en su carta pastoral para la cuaresma, publicada en Bolonia en 1946, escribe:"León XIII escribió él mismo esa oración. La frase [los demonios] "que vagan por el mundo para perdición de las almas" tiene una explicación histórica, que nos fue referida varias veces por su secretario particular, monseñor Rinaldo Angeli. León XIII experimentó verdaderamente la visión de los espíritus infernales que se concentraban sobre la Ciudad Eterna (Roma); de esa experiencia surgió la oración que quiso hacer rezar en toda la Iglesia. El la rezaba con voz vibrante y potente: la oímos muchas veces en la basílica vaticana. No sólo esto, sino que escribió de su puño y letra un exorcismo especial contenido en el Ritual romano (edición de 1954, tít. XII, c. III, pp. 863 y ss.). El recomendaba a los obispos y los sacerdotes que rezaran a menudo ese exorcismo en sus diócesis parroquiales. El, por su parte, lo rezaba con mucha frecuencia a lo largo del día".
Las oraciones adicionales que el papa León XIII introdujo al final de la Santa Misa con indulgencia plenaria por 10 años se dicen en la Misa rezada y son las siguientes:

Sacerdote: Ave Maria, gratia
plena, Dominus tecum. Benedicta tu in mulieribus, et benedictus fructus ventris tui, Jesus.
Pueblo: Sancta Maria, Mater Dei, ora pro nobis peccatoribus, nunc, et in hora mortis nostrae. Amen. (tres veces)
Salve Regina, Mater misericordiae. Vita, dulcedo, et spes nostra, salve. Ad te clamamus exsules filii Hevae. Ad te suspiramus, gementes et flentes in hac lacrimarum valle. Eia ergo, Advocata nostra, illos tuos misericordes oculos ad nos converte. Et Jesum, benedictum fructum ventris tui, nobis post hoc exsilium ostende. O clemens, O pia, dulcis Virgo Maria.
S.: Ora pro nobis, sancta Dei Genitrix.
P.: Ut digni efficiamur promissionibus Christi.
S.: Amen
S.: Oremus. - Deus refugium nostrum et virtus, populum ad te clamantem propitius respice; et intercedente gloriosa et immaculata Virgine Dei Genitrice Maria, cum beato Josepho ejus Sponso, ac beatis Apostolis tuis Petro et Paulo, et omnibus Sanctis, quas pro conversione peccatorum, pro libertate et exaltatione sanctae Matris Ecclesiae, preces effundimus, misericors et benignus exaudi. Per eumdem Christum Dominum nostrum.
P.: Amen.

S.: Sancte Michael Archangele, defende nos in praelio. Contra nequitiam et insidias diaboli esto praesidium. Imperet illi Deus, supplices deprecamur. Tuque princeps militiae caelestis, Satanam aliosque spiritus malignos, qui ad perditionem animarum pervagantur in mundo divina virtute in infernum detrude. S.: Amen

S.: Cor Jesu sacratissimum

M.: Amen.

Las oraciones de Su Santidad León XIII en español:

Sacerdote: Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tu eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Pueblo.: Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte. Amen. (tres veces)

Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra. Dios te salve, a ti clamamos los desterrados hijos de Eva. A ti suspiramos gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. Ea pues, Señora, abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos. Y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. ¡Oh clementísima! ¡Oh piadosa! ¡Oh dulce siempre Virgen María! S.: Ruega por nosotros Santa Madre de dios P.: Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo.

S.: Amen

S.: Oremos. - . oh Dios, nuestro refugio y fortaleza! Mira propicio al pueblo que a Ti clama; y por la intercesión de la gloriosa e inmaculada siempre Virgen María, Madre de Dios, de San José, su esposo, y de tus santos Apóstoles Pedro y Pablo, y de todos los Santos; Escucha misericordioso y benigno las suplicas que te dirigimos pidiéndote la conversión de los pecadores, la exaltación y libertad de ;a Santa Madre Iglesia. Por J. N. S.

P.: Amen

S.: San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sed nuestro amparo contra la maldad y acechanzas del demonio. reprímale Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia Celestial, arroja al infierno con el divino poder, a Satanás y a los otros espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas.

S.: Amen

S.: Corazón Sacratísimo de Jesus.

M.: Amen

lunes, 21 de septiembre de 2009

El ministro que ayuda en Misa


"Creo con­veniente decir algunas palabras acerca del ministro que ayuda en Misa. En estos días desempeñan este oficio los niños o personas sencillas, mientras que ni aún las testas co­ronadas serían dignas de un honor tan sin­gular. SAN BUENAVENTURA dice que el ayudar en Misa es un ministerio angélico, puesto que los muchos Ángeles que asisten al Santo Sa­crificio sirven a Dios durante la celebración de este augusto misterio. SANTA MATILDE vio el alma de un fraile lego más resplandeciente que el sol, porque había tenido la devoción de ayudar a todas las Misas que podía. SAN­TO TOMAS DE AQUINO, brillante antorcha de las escuelas, no apreciaba menos la dicha del que sirve al sacerdote en el altar, puesto que, después de celebrar, nada deseaba tanto co­mo ayudar en Misa. El ilustre canciller de Inglaterra, TOMÁS MORO, tenía sus delicias en el desempeño de tan santo ministerio. Ha­biéndole reprendido cierto día uno de los grandes del reino, diciéndole que el Rey vería con disgusto que se rebajase hasta el punto de convertirse en monaguillo, Tomás Moro respondió: "No, no, al Rey mi señor no pue­den disgustarle los servicios que yo hago al que es Rey de los reyes y Señor de los señores". ¡Qué motivo de confusión para aquellos cristianos que, aun haciendo alguna vez profesión de piedad, se hacen rogar para ayu­dar en Misa, mientras que debieran disputar a otros este honor, que envidian los Ángeles del cielo!
*
Por otra parte, es preciso tener cuidado de que el que ayuda en Misa sea capaz de cumplir con su ministerio de una manera conveniente. Debe tener la vista mortificada y manifestar un exterior grave, modesto y piadoso: debe pronunciar las palabras claramente, sin apresurarse y a media voz; no en tono tan bajo que no le oiga el sacerdote, ni tan alto que incomode a los que celebran en otros altares. Por consiguiente, no deben ser admitidos ciertos niños desvergonzados, que están burlándose unos de otros durante la Misa y distraen al celebrante. Yo suplico al Señor se digne iluminar a los hombres sabios, e inspirarles la resolución de ocuparse en un ministerio tan santo y meritorio. A las personas más distinguidas corresponde dar el ejemplo".

domingo, 20 de septiembre de 2009

Motu Proprio "SUMMORUM PONTIFICUM"


El 14 de septiembre, festividad de la Exaltación de la Santa Cruz, se ha cumplido el segundo aniversario de la entrada en vigor del motu proprio Summorum Pontificum. Un documento que ha hecho justicia a la gloriosa tradición litúrgica católica, ha ampliado la libertad en la Iglesia y ha dado múltiples frutos espirituales en todo el mundo: numerosísimas misas y sacramentos, conversiones, reconciliaciones con la Santa Iglesia, vocaciones sacerdotales y religiosas, ayuda a la comprensión del Misterio eucarístico, profundización en la teología y el magisterio católicos, influencia benéfica en la forma de oficiar el Novus Ordo, recuperación del latín en la liturgia, promoción del canto gregoriano y la polifonía sacra, restauración de ornamentos antiguos, interés por la historia de la Iglesia, etcétera.

sábado, 19 de septiembre de 2009

La llamada Misa de San Pío V


Un hecho que, sin duda, no ha dejado de sorprendernos, es el que en ningún momento en este asunto se ha hablado de la misa, que es, sin embargo, el corazón del conflicto. Ese silencio forzado constituye la confesión de que el rito llamado de San Pío V permanece en efecto autorizado.


En esta materia, los católicos pueden estar completamente tranquilos; esta misa no está prohibida y no puedeserlo. San Pío V, repetimos, no la ha inventado, sino que ha "reestablecido el misal conforme a la regla antigua y a los ritos de los Santos Padres" dándonos todas las garantías en la bula Quo Primum, firmada por él, el 14 de julio de 1570. "Nos hemos decidido y declaramos que los superiores, Canónigos, Capellanes y otros sacerdotes de cualquier nombre con los que sean designados, o los Religiosos, de cualquier Orden, no pueden ser obligados de celebrar la misa de otra manera diferente a como Nos hemos fijado; y que jamás, en ningún tiempo, nadie, quien quiera que sea, podrá contrariarles o forzarles a abandonar este misal, ni abrogar la presente instrucción, ni a modificarla, sino que ella estará siempre en vigor y válida con toda su fuerza... Si, no obstante, alguien se permitiese una tal alteración, sepa que incurriría en la indignación de Dios todopoderoso y de sus bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo".


En el supuesto de que el papa pudiera retractar este indulto perpetuo, precisaría que lo hiciese por un acto de la misma solemnidad. La Constitución apostólica Missale Romanum del 3 de abril de 1969 autoriza la Misa llamada de Pablo VI, pero no contiene ninguna prohibición, expresamente formulada de la misa tridentina. A tal punto que el cardenal Ottaviani podía decir en 1971: "El rito tridentino de la misa no está, que yo sepa, abolido". Monseñor Adam quien pretendía, en la asamblea plenaria de los obispos suizos, que la Constitución Missale Romanum había prohibido celebrar, salvo indulto, según el rito de San Pío V, ha debido retractarse después de habérsele pedido que dijese en qué términos esta prohibición había sido pronunciada.


Se colige de ello que si un sacerdote fuera censurado e incluso excomulgado bajo este concepto, dicha condenación sería absolutamente inválida. San Pío V ha canonizado esta Misa; ahora bien, un papa no puede eliminar una canonización como tampoco puede cancelar la de un santo. Podemos decirla con absoluta tranquilidad y los fieles asistir a ella sin el mejor escrúpulo, sabiendo sobre todo que es la mejor manera de alimentar su fe.


Esto es tan cierto que, su Santidad Juan Pablo II después de muchos años de silencio sobre el asunto de la misa, ha terminado por aflojar la presión impuesta a los católicos. La carta de la Congregación para el Culto divino fechada el 3 de octubre de 1984, "autoriza" de nuevo el rito de San Pío V para los fieles que lo pidan. Es cierto que en ella se imponen ciertas condiciones que no podemos aceptar y, por otra parte, no teníamos ninguna necesidad de este indulto para gozar de un derecho que nos ha sido otorgado hasta el fin de los tiempos.


Pero este primer gesto -roquemos para que haya otros- levanta la sospecha indebidamente fundada sobre la misa y libera las conciencias de los católicos.


Vayamos ahora a la suspensión a divinis que fue lanzada a Mons. Lefebvre el 22 de julio de 1976. Ella fue consecutiva a las ordenaciones del 29 de junio, en Ecône; hacía 3 meses que les llegaban de Roma reprobaciones, súplicas, órdenes, amenazas, para decirles que cesaran su actividad tradicional; que no procediéran a estas ordenaciones sacerdotales. Durante los días que las precedieron, no dejaron de recibir mensajes y enviados: ¿Qué es lo que les decían? En seis ocasiones les pidieron reestablecer relaciones normales con la Santa Sede, aceptando el nuevo rito y celebrarlo. Llegaron hasta ha enviarle un monseñor que se ofrecía a concelebrar conmigo. Le pusieron en la mano un nuevo misal y prometiéndole que si celebraba con él, el 29 de junio delante de toda la asamblea que venía a orar por los nuevos sacerdotes, todo sería en lo sucesivo, allanado entre Roma y Mons. Lefebvre.


Lo que significa que no le prohibieron hacer estas ordenaciones, sino que querían que fuesen según la nueva litúrgia. Quedaba claro, a partir de aquel momento, que es por el problema de la misa que se desarrollaba todo el drama entre Roma y Ecône y que se sigue desarrollando.


En el sermón de la misa de ordenación dijo: "Mañana, quizás, en los periódicos aparecerá nuestra condenación, es muy posible que por causa de esta ordenación de hoy sea víctima de una suspensión. Problablemente estos jóvenes sacerdotes serán víctimas de una irregularidad que en un principio debería impedirles decir la santa misa. Es posible. Pues bien, yo me apelo a San Pío V".


Algunos católicos, pueden estar perturbados por este rechazo a esta suspensión a divinis. Pero lo que está claro es que todo ello forma una cadena: ¿por qué se le ha prohibido hacer estas ordenaciones? Porque la fraternidad estaba suprimida y el seminario debía cerrarse. Pero precisamente él no había aceptado esta suspensión, esta clausura, porque estas decisiones se habían hecho ilegalmente, porque las medidas tomadas estaban contaminadas de diversos vicios canónicos tanto en la forma como en el fondo. (Particularmente en eso que los autores de derecho administrativo llaman "desviación de poderes" es decir el uso de competencias en contra del objeto en el que ellas se deben ejercer). Habría sido preciso que mons. Lefebvre aceptase todo desde el principio, pero no lo ha hecho porque fueron condenados sin juicio alguno, sin poderse defender, sin monición, sin escrito y sin apelación. Una vez que se rechaza la primera sentencia, no hay razón para no rechazar las otras, ya que las otras se apoyan siempre sobre aquella. La nulidad de la una trae consigo la nulidad de la siguiente.

Otra pregunta que, de vez en cuando, se formulan los fieles y los sacerdotes es: ¿se puede tener razón contra todo el mundo? En una conferencia de prensa, el enviado del periódico "Le Monde" le decían: "Pero vamos, Vd. está solo. Solo contra el papa, solo contra todos los obispos. ¿Qué significa su lucha?". Pues no, no estoy solo. Tengo a toda la tradición conmigo, la Iglesia existe en el tiempo y en el espacio. Además, yo sé que muchos obispos piensan como nosotros en su fuero interno. Ahora, después de la carta abierta al papa que Mons. Castro Mayer ha firmado junto conmigo, somos dos. Los que nos declaramos abiertamente contra la protestantización de la Iglesia tenemos muchos sacerdotes con nosotros y también están nuestros seminarios, que proveen ahora alrededor de 40 nuevos sacerdotes cada año, nuestros 250 seminaristas, nuestros 30 hermanos, nuestras 60 religiosas, nuestras 30 oblatas, los monasterios y los carmelos que se abren y desarrollan, la multitud de fieles que vienen con nosotros.

La Verdad, por otra parte, no se constituye por el número, el número no hace a la verdad. Así mismo si yo estuviera solo, aun si todos mis seminaristas me abandonasen, aun si toda la opinión pública me abandonase, esto me sería indiferente en lo que me concierne. Estoy apegado a mi Credo, a mi catecismo, a la Tradición que ha santificado a todos los elegidos que están en el Cielo, quiero salvar mi alma. A la opinión pública se la conoce muy bien, es ella la que condenó a Nuestro Señor algunos días después de haberlo aclamado. Es el Domingo de Ramos y en seguida el Viernes Santo. Su Santidad Pablo VI me preguntó: "¿En fin, acaso no siente en su interior algo que le reprocha aquello que está haciendo? Vd. causa un gran escándalo en la Iglesia. ¿No se lo dice su conciencia?". Contestó: "No, Santísimo Padre, en nada". Si hueviera algo que me lo reprochara, cesaría de hacerlo inmediatamente.

El Papa Juan Pablo II, ni ha confirmado, ni ha invalidado la sanción pronunciada en contra de Mons. Lefebvre. En la audiencia que le concedió en noviembre de 1979, parecía estar bastante dispuesto, después de una prolongada conversación, a dejar la libertad de elección en lo que la litúrgia se refiere, a dejarme obrar, ante todo, aquello que he pedido desde el principio: entre todas las cosas que se experimentan en la Iglesia, dejarnos hacer "la experiencia de la Tradición". El momento quizá había llegado en que las cosas iban a arreglarse: basta de ostracismo, no más problemas. Sin embargo, el cardenal Seper que estaba presente, vio el peligro y exclamó: "¡ Pero, Santísimo Padre, ellos han hecho de esta misa una bandera!". La pesada cortina que se había levantado un momento volvió a caer.


Conclusión

Todos estos problemas y perplejidades que hubo en los pocos años de poner la maquinaria del concilio 2 en marcha se han visto hoy día curados por el Motu Proprio de Su Santidad Benedicto XVI que da la opción a los católicos de seguir usando un misal nuevo, vacío de simbología, lleno de protestantismo en el que se coloca como protagonista al sacerdote, el crucifijo no preside la celebración o está en otro sitio, y el sagrario está a un lado quitandole importancia a la presencia real de Cristo, ¡ojo a quien y para donde hay que hacer la genuflexión! O un misal codificado por San Pío V en 1570 y reeditado por el Beato Juan XXIII en 1962, lleno de simbología, tradición católica y protegido por muchos Sumos Pontífices a lo largo de los siglos, el crucifijo siempre preside la celebración en el centro del altar al que el sacerdote y los fieles nos orientamos y nos hace recordar que la misa es el mismo sacrificio del Calvario, el sagrario que contiene la presencia Real de Cristo tiene su lugar de honor centrado en el altar y al que se orienta tanto el sacerdote como los fieles, sabiendo que las genuflexiones son siempre al sagrario que está en el altar mayor de los templos católicos...Y el sagrario que se hizo por amor a Cristo y su divina presencia, está en su lugar de honor, todos se orientan hacia él, todos le adoramos, y lo amamos, lo tenemos en el altar donde cuando el sacerdote celebra la Santa Misa se orienta hacia él junto con los fieles y cuando llega el momento de la comunión lo recibimos de rodillas como símbolo de amor, adoración, reverencia y devoción hacia Nuestro Señor presente en todos los sagrarios de la tierra...Laudetur Iesus Christus!!!

Sí al Motu Proprio «Summorum Pontificum»

«Lo que para las generaciones anteriores era sagrado, también para nosotros permanece sagrado y grande». Benedicto XVI.
Queremos que un sacerdote de Cristo del Opus Dei o de la diócesis celebre la Misa de cara a Dios y no le de la espalda al sagrario o a los antiguos altares con reliquias de mártires y ara de piedra pura y no se ponga él como protagonista, sino que el sagrario tenga el sitio de honor de siempre en los templos y que el crucifijo presida la celebración y no el sacerdote, porque la Misa es el vivo, puro y santo sacrificio del Calvario y no una simple cena memorial como lo hacen los protestantes y en la que he observado que la mayoría de los sacerdotes pronuncian de la misma manera la parte principal del Canon que comienza por: “La víspera de su Pasión, tomó pan en sus santas y venerables manos” sin hacer la pausa que señala la rúbrica del Missale Romanum: “teniendo la hostia con los dedos índice y pulgar de las dos manos, pronuncia sobre la hostia las palabras de la consagración, en voz baja pero distintiva y atentamente”. El tono cambia, se hace íntimo; las cinco palabras “Hoc est enim Corpus meum” operan el milagro de la Transustanciación. El nuevo misal invita al celebrante a guardar el tono narrativo como si se tratara, efectivamente, de recordar el hecho de la última Cena, y no como una fórmula consagratoria sino como una recitación que el sacerdote pronuncia para recordar el momento en la que Cristo lo pronunció en la última Cena; arrancando todo el misterio, la solemnidad, la belleza, la tradición que se produce cuando se recita en voz baja en lo secreto donde Dios está y en la paz del silencio para consagrar el pan y el vino en el Santo y puro Cuerpo del Señor y en su preciosísima Sangre, de este modo como en oriente se cierran las cortinillas de los iconostasios, en occidente se guarda silencio, admiración y devoción al momento culmen del sacrificio de Cristo, por acción divina del Espíritu Santo, pone de manifiesto la sacralidad del momento y subraya la diferencia esencial entre sacerdocio común de los fieles y sacerdocio ministerial. Por último decir que nos da pena como los sagrarios se apartan, se ponen a un lado del altar o como ya no se ve el crucifijo en el altar como siempre, como no se recibe al Señor de rodillas como muestra de respeto, adoración, devoción y amor... Que Nuestra Madre del Cielo la Santísima Virgen María nos ayude a llevar a cabo la reforma de la reforma del Concilio Vaticano II, pese a que ni la fe ni la Iglesia comenzaron en dicho concilio hace 40 años...Dios os bendiga y me haga sacerdote si es su voluntad. "Laudetur Iesus Christus".

viernes, 18 de septiembre de 2009

Dichos de San Juan María Vianney (IV)

“El corazón de Dios es un océano de misericordia. ¡Es tan fácil salvarse!”.
*
“Si supiésemos cuánto nos ama el Señor, moriríamos de gozo”.
*
“Amar a Dios y sabernos amados por El, es la única felicidad verdadera que tenemos en esta tierra”.
*
“Es hermoso tener un Padre en el cielo. Somos los hijos de Dios”.
*
“Vale más una hora de paciencia que muchos días de ayuno”.
*
“Los amigos de Dios hacen lo que no están obligados a hacer”.
*
“El sacerdote no será bien comprendido más que en el cielo. Si se lo entendiese en la tierra, uno no se moriría de espanto, pero sí de amor”.
*
“¡El sacerdote tiene que estar siempre envuelto por el Espíritu Santo como lo está en su vestimenta!”.
*
“Es tremendo ser sacerdote. Confesión, sacramentos: son una pesada responsabilidad. Si se supiese lo que es ser sacerdote, ¡se huiría al desierto, como lo hicieron los santos para no serlo! Pero gracias al Espíritu Santo podemos hacer cosas inimaginables para la gloria de Dios”.
*
“Un verdadero cristiano nunca se queja de nada”.
*
“Cosa extraña: he encontrado a muchos que se arrepintieron de no haber amado a Dios, pero no he encontrado jamás a uno solo que estuviese triste y arrepentido de amarlo”.
*
“El tesoro del hombre cristiano no está en la tierra, sino en el cielo. Por esto, nuestro pensamiento debe estar siempre orientado hacia allí donde está nuestro tesoro”.
*
“Hermanos míos, es una gran miseria, una profunda humillación para nosotros, el haber sido concebidos en pecado original, ya que por él vinimos al mundo como hijos de maldición; es, indudablemente, otra muy gran miseria vivir en pecado. Mas el colmo de todas las desdichas es morir en él”.
*
Fuente: El Cura de Ars, Sufrir amando no es sufrir.

jueves, 17 de septiembre de 2009

El Santo Rosario


Ejemplos de gracias concedidas a los apóstoles y devotos del Rosario


"Santo Domingo en nada puso durante su vida tanto entusiasmo como en alabar a la Santísima Virgen, predicar sus grandezas y animar a todo el mundo a honrarla por medio del Rosario. La poderosa reina del Cielo, a su vez, no cesó de derramar sobre Santo Domingo bendiciones a manos llenas; coronó sus trabajos con mil prodigios y milagros, nada pidió éste a Dios que no obtuviera por intercesión de la Santísima Virgen, y -para colmo de favores- Ella le sacó victorioso de la herejía de los albigenses y lo hizo padre y patriarca de una gran orden religiosa, llamada Dominicos.


¿Qué decir del Beato Alano de la Roche, restaurador de dicha devoción?


Varias veces la Santísima Virgen le honró con su visita, a fin de instruirlo acerca de los medios para salvarse, de ser un buen sacerdote, perfecto religioso e imitador de Jesucristo. Le enseñó el método de rezar el Rosario, sus excelencias y sus frutos. (...)

Después de atraer para la cofradía del Rosario más de 100.000 almas, murió el Beato Alano de la Roche en Zunolle, Flandes, el 8 de septiembre de 1475.

La Santísima Virgen no favorece sólo a los predicadores del Rosario. Recompensa igualmente a aquellos que, por su ejemplo, atraen a otros a esta devoción.

A Alfonso IX, rey de León y Galicia, que deseaba que todos sus criados honrasen a la Santísima Virgen con el Santo Rosario, se le ocurrió, para animarlos con su ejemplo, llevar ostensiblemente un gran rosario, aunque sin rezarlo, lo que inducía a todos los cortesanos a recitarlo devotamente.

El rey cayó gravemente enfermo, y cuando lo creían muerto, fue transportado en espíritu al tribunal de Jesucristo. Vio allí a los demonios que le acusaban de todos los crímenes que había cometido y cuando iba a ser condenado a las penas eternas, se presentó a su favor la Santísima Virgen delante de su Divino Hijo; se trajo entonces una balanza, se colocaron todos los pecados del rey en uno de los platos y en el otro Nuestra Señora colocó el gran rosario que Alfonso había elevado en su honor, junto con aquellos que, gracias a su ejemplo, habían rezado otras personas, y esto pesó más que todos sus pecados. Enseguida, mirando al rey con compasión, la Santísima Virgen le dijo: 'He obtenido de mi Hijo, en recompensa por el pequeño servicio que me hiciste llevando contigo el rosario, la prolongación de tu vida por algunos años. Empléalos bien y haz penitencia'.

Volviendo de su éxtasis, el rey exclamó: '¡Bendito el Rosario de la Santísima Virgen, por el cual fui liberado de la condenación eterna!'

Después de recuperar la salud, Alfonso pasó el resto de su vida en la devoción al Santo Rosario, recitándolo todos los días.

Que los devotos de María traten de ganar cuantas almas puedan para esta práctica del Rosario, a ejemplo de estos santos y este rey. Habrán asegurado así la vida eterna".


Beneficios del Rosario


Para animarnos aún más a esta devoción de las almas grandes, San Luis Grignion añade que el Rosario, rezado con la meditación de los Misterios:


1) Nos eleva sin darnos cuenta al perfecto conocimiento de Jesucristo.

2) Purifica nuestras almas del pecado.

3) Nos permite vencer a los enemigos de nuestra alma.

4) Nos facilita la práctica de las virtudes.

5) Nos abrasa de amor por Jesucristo.

6) Nos enriquece de gracias y de méritos.

7) Nos proporciona con qué pagar todas las deudas que tenemos con Dios y con los hombres.

8) Por último, nos obtiene de Dios toda especie de gracias.


Pero asegura, junto con el Beato Alano de la Roche, que el Rosario es un manantial y depósito de toda especie de bienes: "Los pecadores obtienen el perdón; las almas sedientas se sacian; los que lloran, encuentran la alegría; los que son tentados, la tranquilidad; los pobres, socorridos; los religiosos, enfervorizados; los ignorantes, instruidos; los vivos vencen la vanidad, y las almas del purgatorio encuentran su alivio".

miércoles, 16 de septiembre de 2009

El Rosario enaltecido y aconsejado por los Sumos Pontífices





Beato Pío IX: "Así como Santo Domingo se valió del Rosario como de una espada para destruir la nefasta herejía de los albigenses, así también hoy los fieles diestros en el uso de este arma -que es el rezo cotidiano del Rosario- conseguirán fácilmente destruir los monstruosos errores e impiedades que por todas partes se levantan" (Encíclica Egregiis de 3 de diciembre de 1856).

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León XIII: Escribió doce encíclicas sobre el Rosario, destacamos el siguiente trecho: "¡Es nuestro ardiente deseo que esta devoción retome por todas partes su antiguo puesto de honor! En la ciudad y en los pueblos, en las familias y en los lugares de trabajo, junto a las élites y entre los humildes, sea el Rosario amado y venerado como insigne divisa de la fe cristiana y el auxilio más eficaz para obtener la misericordia divina" (Encíclica Iucunda semper, 8 de septiembre de 1894).

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San Pío X: "El Rosario es la más bella y preciosa de todas las oraciones a la Medianera de todas las gracias: es la oración que más conmueve el corazón de la Madre de Dios. Rezadlo todos los días".

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Benedicto XV: "No obstante, Aquella a quien la Iglesia tiene la costumbre de saludar como 'Madre de la Gracia y Madre de la Misericordia', se ha revelado siempre como tal, sobre todo cuando se ha recurrido al Santo Rosario y, por ello, los Romanos pontífices no dejaron pasar ninguna ocasión de exaltar con grandísimos elogios el Rosario de la Santísima Virgen y de enriquecerlo con los tesoros de la Indulgencia Apostólica" (Encíclica Fausto Appetente, 29 de junio de 1921).

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Pío XI: "El Rosario es un arma potentísima para poner en fuga a los demonios (...). El Rosario mariano, además, no sólo sirve especialmente para debelar a los enemigos de Dios y de la Religión, sino que también aviva las virtudes cristianas, las fomenta y pacifica los ánimos" (Encíclica Ingravescentibus males, 29 de septiembre de 1937).

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Pío XII: "En vano, se busca llevar remedio a la situación decadente de la vida civil, si la sociedad doméstica, principio y fundamento del consorcio humano, no es diligentemente reconducida a las normas del Evangelio. Para realizar un deber tan arduo, Nos afirmamos que la recitación del Santo Rosario en familia es el medio más eficaz (...). No dudamos, pues, en afirmar de nuevo públicamente que es grande la esperanza colocada por Nos en el Rosario de Nuestra Señora, para sanar los males que afligen nuestros tiempos" (Encíclica Ingruentium malorum, 15 de septiembre de 1951).

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Beato Juan XXIII: "El Rosario, como ejercicio de devoción cristiana entre los fieles del rito latino (...) toma su lugar, para los eclesiásticos, después de la Santa Misa y el Breviario, y, para los seglares, después de la participación en los Sacramentos" (Carta Apostólica Il religioso convegno, 29 de septiembre de 1961).

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Pablo VI: "No dejéis de inculcar con todo cuidado la práctica del Santo Rosario, la oración tan querida por la Virgen Madre de Dios y tan recomendada por los Romanos Pontífices, por medio de la cual los fieles están en condiciones de poner en práctica, de la manera más suave y eficaz, el mandato del Divino Maestro: Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá" (Mt 7, 7) (Encíclica Mense maio, 29 de abril de 1965).

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Juan Pablo II: "El Rosario es mi oración predilecta. ¡Plegaria maravillosa! Maravillosa en su sencillez y en su profundidad. (...) Recitar el Rosario, en efecto, es en realidad contemplar con María el rostro de Cristo. (...) Hoy estamos ante nuevos desafíos. ¿Por qué no volver a tomar en la mano las cuentas del Rosario con la fe de quienes nos han precedido?

El Rosario conserva toda su fuerza y sigue siendo un recurso importante en el bagaje pastoral de todo buen evangelizador (Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae, 16 de octubre de 2002).

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Benedicto XVI: "Singular oración contemplativa con la que, guiados por la Madre celestial del Señor, fijamos nuestra mirada en el rostro del Redentor, para ser configurados con su misterio de alegría, de luz, de dolor y de gloria. Esta antigua oración está experimentando un nuevo florecimiento providencial, también gracias al ejemplo y a la enseñanza del amado Papa Juan Pablo II. Os invito a releer su carta apostólica 'Rosarium Virginis Mariae' y poner en práctica sus indicaciones en el ámbito personal, familiar y comunitario.
"El Rosario es una oración contemplativa y cristocéntrica, inseparable de la meditación de la Sagrada Escritura. Es la plegaria del cristiano que avanza en la peregrinación de la fe, siguiendo a Jesús, precedido por María" (Ángelus, plaza de San Pedro, 2 de octubre de 2005).





El Papa invitó a todos a rezar este mes el Rosario "en familia, en las comunidades y en las parroquias por las intenciones del Papa, por la misión de la Iglesia y por la paz en el mundo".












martes, 15 de septiembre de 2009

Los Siete Dolores de la Santísima Virgen María


Era menester que el Cristo padeciese y así entrase en la gloria. (Lucas, 24, 26).



Esta fiesta la celebraban con gran devoción los Servitas ya en el siglo XVII y fue extendida por el Papa Pío VII en 1817 a toda la Iglesia, en memoria de los sufrimientos infligidos a la Iglesia y a su jefe visible por Napoleón I, y en acción de gracias a la Madre de Dios, cuya intercesión les había dado fin. El Evangelio de la misa nos recuerda el momento más doloroso de la vida de María, así como su inquebrantable firmeza: junto a la cruz de Jesús está de pie María, su Madre.






MEDITACIÓN - LA VISTA DE LA CRUZ ES EL CONSUELO DEL CRISTIANO






I. Nada hay más consolador para un cristiano que poner sus ojos en la cruz; ella es quien le enseña a sufrir todo, a ejemplo de Jesucristo. Esta cruz anima su fe, fortifica su esperanza y abrasa su corazón de amor divino. Los sufrimientos, las calumnias, la pobreza, las humillaciones parecen agradables a quien contempla a Jesucristo en la cruz. La vista de la serpiente de bronce sanaba a los israelitas en el desierto, y la vista de vuestra cruz, oh mi divino Maestro, calma nuestros dolores. No pienses en tus aflicciones ni en lo que sufres, sino en lo que ha sufrido Jesús. (San Bernardo).

II. ¡Qué dulce debe ser para un cristiano, en el trance de la muerte, tomar entre sus manos el crucifijo y morir contemplándolo! ¡Qué gozo no tendré, entonces, si he imitado a mi Salvador crucificado, viendo que todos mis sufrimientos han pasado! ¡Qué confianza no tendré en la cruz y en la sangre que Jesucristo ha derramado por mi amor! ¡Qué dulce es morir besando la cruz! El que contempla a Jesús inmolado en la cruz, debe despreciar la muerte.
(San Cipriano).

III. Qué consuelo para los justos, cuando vean la señal de la cruz en el cielo, en el día del juicio y qué dolor, en cambio, para los impíos que habrán sido sus enemigos. Penetra los sentimientos de unos y otros. Que pesar para los malos por no haber querido, durante los breves instantes que han pasado en la tierra, llevar una cruz ligera que les hubiera procurado una gloria inmortal, y estar ahora obligados, en el infierno, a llevar una cruz agobiadora, sin esperanza de ver alguna vez el fin de sus sufrimientos.



El amor a la cruz - Orad por la conversión de los infieles.



ORACIÓN



Oh Dios, durante cuya Pasión, según la profecía de Simeón, una espada de dolor atravesó el alma dulcísima de la gloriosa Virgen y Madre, concédenos, al venerar sus dolores, que consigamos los bienaventurados efectos de vuestra Pasión. Vos que con el Padre y el Espíritu Santo vivís y reináis por los siglos de los siglos. Amén.

lunes, 14 de septiembre de 2009

La Santa Misa y la "nueva misa"




Es difícil, para quienes sólo han conocido la "nueva misa", comprender de qué se han visto privados, y asistir a la Misa "latina" a menudo les parece demasiado lejano. Para ver diáfanamente de qué se trata, es necesario comprender con claridad las verdades definidas de nuestra Fe sobre la Misa. Sólo con esta luz puede valorarse un rito de la Misa.




¿Qué es la nueva misa?




Respondamos contemplando sus cuatro causas, como dirían los filósofos: causa intrínseca material (¿cuáles son sus elementos?), causa intrínseca formal (¿cuál es su naturaleza?), causa extrínseca final (¿cuál es su finalidad?) y causa extrínseca eficiente (¿cuál es su autor?).




a) Causa intrínseca material




¿De qué elemento consta el Novus Ordo de la Misa? Algunos son católicos: sacerdote, pan y vino, genuflexiones y signos de la Cruz, etc...Pero algunos son protestantes: una mesa, utensilios de uso común, comunión bajo las dos especies y en la mano, etc...




b) Causa intrínseca formal




El Novus Ordo Missae asume estos elementos heterogéneos formando una liturgia para una religión modernista que casaría la Iglesia con el mundo, el catolicismo con el protestantismo, la luz y las tinieblas.




En efecto, la nueva misa se presenta a sí misma como:




-Una comida, lo cual se aprecia por el uso de una mesa, alrededor de la cual se reúne el pueblo de Dios, ofreciendo pan y vino y tomando la comunión de vasijas vulgares, a menudo bajo las dos especies como los protestantes y evangelicos, y normalmente en la mano. Nótese también la casi completa desaparición de las referencias al sacrificio;




-la narración de un acontecimiento pasado, en voz alta, por parte de quien preside, que narra las palabras de Nuestro Señor como leídas en la Escritura, más que pronunciando una fórmula sacramental, y que no se arrodilla hasta haber mostrado la Sagrada Forma al pueblo;




-una asamblea, en la cual Cristo está tal vez moralmente presente, pero físicamente ignorado. El celebrante mira al pueblo desde donde debería estar el tabernáculo, que se pone a un lado. Justo después de la consagración, todos aclaman a quien se pide que venga; los vasos sagrados ya no están sobredorados; se ignoran las partículas sagradas: el sacerdote ya no une los dedos índice y pulgar, los vasos no están purificados, y con frecuencia la comunión se da en la mano; se reducen mucho las genuflexiones del sacerdote y el tiempo en que los fieles están arrodillados; los fieles asumen funciones que siempre correspondieron al sacerdote.




Más aún, la nueva misa se define a sí misma como: "la sagrada sinaxis o asamblea del pueblo de Dios reunido en común, bajo la presidencia del sacerdote, para celebrar el memorial del Señor" (Instituto Generalis, n. 7 del Misal Romano, 1969).




c) Causa extrínseca final




¿Cuál es la finalidad de esta nueva misa como rito?




"La intención de Pablo VI respecto a lo que comúnmente se denomina la Misa, era reformar la liturgia católica de modo que casi coincidiese con la liturgia protestante (...) Pablo VI tenía la intención ecuménica de quitar, o al menos corregir, o al menos suevizar en la misa, todo lo que fuera demasiado católico en el sentido tradicional, para que la misa católica, repito, estuviese más próxima a la misa calvinista".


"Cuando comencé a trabajar en esta trilogía, yo estaba preocupado por hasta qué punto se estaba protestantizando la liturgia católica. Cuanto más detallado es mi estudio sobre la Revolución, más evidente me parece que ha sobrepasado el protestantismo y que su meta final es el humanismo".




Esta última es una evolución lógica, si consideramos los cambios realizados, los resultados obtenidos y las tendencias de la moderna teología.




d) Causa extrínseca eficiente




¿Quién hizo la "Nueva Misa"?




Es la invención de una comisión litúrgica, el Consilium, cuya luz y guía fue Mons. Annibale Bugnini (premiado en 1972 con un arzobispado por sus servicios), y de la cual también formaban parte como expertos seis protestantes. Mons. Bugnini tenía sus propias ideas sobre la participación del pueblo en la liturgia, y los consejeros protestantes tenían sus propias y heréticas ideas sobre la esencia de la misa.




Pero aquel cuya autoridad impuso el Novus Ordo es Pablo VI, que la promulgó con la constitución Missale Romanum... ¿o no la promulgó? En primer lugar, la versión original de Missale Romanum, firmada por Pablo VI, no menciona la obligatoriedad del Novus Ordo Missae, ni cuándo comenzaía ésta; en segundo lugar, las traducciones de la constitución traducen mal cogere et efficere (resumir y extraer como conclusión) por "dar fuerza de ley"; y en tercer lugar, la versión del Acta Apostolicae Sedis añade un párrafo "ordenando" el nuevo misal, pero en un tiempo verbal equivocado (pretérito), diciendo "hemos ordenado (praescripsimus)", es decir, refiriéndose a una obligación pasada (no promulgada)...¡y nada más en la Missale Romanum prescribe, todo lo más permite!




Es verdad que Pablo VI quiso este misal, pero lo impuso de una forma dudosamente regular.




Juicio sobre la "Nueva Misa"




Teniendo en cuenta la Nueva Misa en sí misma, sólo con el texto oficial latino delante de sus ojos, los cardenales Ottaviani y Bacci pudieron escribirle a Pablo VI: "el Novus Ordo Missae (...) se aleja de manera impresionante, en conjunto y en detalle, de la teología católica de la Santa Misa, cual fue formulada en la XXIII Sesión del Concilio de Trento".




Mons. Lefebvre concordaba plenamente con ellos cuando escribió: " la nueva misa, aunque se diga con piedad y respeto a las normas litúrgicas (...) está impregnada de espíritu protestante. Lleva en ella un veneno perjudicial para la fe católica".




El ocultamiento de elementos católicos y la complacencia con los protestantes, que son evidentes en la Nueva Misa, la convierten en un peligro para nustra fe, y en cuanto tal, mala en sí misma.




"Por sus frutos los conoceréis" (Mt. 7, 16): se nos prometió que la Nueva Misa renovaría el fervor católico, inspiraría a los jóvenes, recuperaría a los no practicantes, y atraería a los no católicos. ¿Quién puede hoy pretender que ésos sean sus frutos? Junto con la nueva misa, ¿no tuvo lugar más bien una dramática caída de la asistencia a misa y de las vocaciones, una crisis de identidad entre los sacerdotes, un declive en la proporción de conversiones y una aceleración en la de apostasías?




La validez de la "Nueva Misa"




Siendo esto así, ¿debemos decir que la nueva misa es inválida? Esto no ha sido demostrado, pero puede argüirse lo siguiente: por un lado, la nueva misa no está cualificada como rito católico; por otro, el celebrante debe querer hacer lo que hace la Iglesia; ahora bien, la nueva misa ya no garantiza por sí misma que tiene esa intención, la cual dependerá de su fe personal (generalmente desconocida para los presentes, pero más o menos dudosa a medida que avanza la crisis en la Iglesia). Por tanto, puede presumirse que estas misas son de validez dudosa, y más aún con el paso del tiempo.


Las palabras de la consagración, especialmente del vino, han sido falsificadas. ¿Se ha respetado "la sustancia de los sacramentos"? Este problema todavía es mayor en las misas celebradas en lengua vernácula, donde pro multis (por muchos) ha sido mal traducido como por todos los hombres. Algunos arguyen que éste hecho tiene tal importancia que invalida estas misas; muchos lo niegan. Pero esto acrecienta la duda.




La asistencia a la "Nueva Misa"




La nueva misa apenas puede decirse católica, y por tanto ni es obligatoria ni basta para satisfacer la obligación dominical. Debemos tratar la cuestión de la asistencia como si se tratase de una liturgia no católica (con la importante excepción de que el Novus Ordo no ha sido declarado no católico por la autoridad competente, lo cual significa que muchos que asisten a él no son conscientes de su nocividad y están exentos de culpa). Un católico no puede asistir a él, salvo con una mera presencia física, sin tomar parte en él positivamente, y sólo por razones familiares de fueza mayor, como bodas, funerales, etc...
«Lo que para las generaciones anteriores era sagrado, también para nosotros permanece sagrado y grande». Benedicto XVI.