domingo, 6 de septiembre de 2009

Dichos de San Juan María Vianney


“Si soy un buen sacerdote, podré ganar muchas almas para dios, ¿saben que todos podemos hacerlo?”.
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“En la oración hecha debidamente, se funden las penas como la nieve ante el sol”.
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“El demonio no le teme tanto a la disciplina y a las camisas de pelo; lo que realmente teme es la reducción de comida, bebida y sueño”.
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“Cuando predico le hablo a algunas personas que están aparentemente sordas o dormidas, pero en la oración le hablo a Dios que no es sordo”.
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“La taberna es la tienda del demonio, el mercado donde las almas se pierden, donde se rompe la armonía familiar, donde comienzan las peleas y se cometen o planean asesinatos. En cuanto a los dueños de las tabernas, el demonio no les molesta tanto, sino que los desprecia y los escupe”.
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“Te amo, mi Dios, mi único deseo es amarte”.
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“¿Qué podemos imaginarnos más consolador para un cristiano que tuvo la desgracia de pecar, que el hallar un medio tan fácil como es la limosna, para satisfacer la justicia de Dios por sus pecados?”.
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“Por la limosna podemos fácilmente rescatarnos de la esclavitud de los pecados y atraer sobre nosotros y sobre todas nuestras cosas las más abundantes bendiciones del cielo”.
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“Jesucristo, nuestro Divino Salvador, sólo piensa en nuestra felicidad, y no ha despreciado ningún medio para proporcionárnosla”.
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“Bajo cualquier aspecto que consideremos la limosna, ella es de un valor tan grande que resulta imposible que comprendamos todo su mérito; solamente el día del Juicio Final llegaremos a conocer todo su valor”.
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“Por la limosna podemos librarnos de caer en las penas eternas. ¡Qué bueno es un Dios que con tan poca cosa se contenta!”.
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“La razón que debe inducirnos a dar limosnas de todo corazón y con alegría, es el pensar que se la damos al mismo Jesucristo”.
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“La limosna es de gran mérito a los ojos de Dios, y tan poderosa para atraer sobre nosotros sus misericordias. Asegura nuestra salvación”.
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“¡Cuántos pecadores están cegados respecto al estado de su alma, y esperan hacer aquello que no les será dado realizar cuando ellos quieran!”.
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“El hombre tiene un hermoso deber y obligación: orar y amar”.
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“Si oran y aman, habrán hallado la felicidad en este mundo”.
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De: El Cura de Ars, Sufrir amando no es sufrir.

sábado, 5 de septiembre de 2009

Objetos sagrados


1- Cornijal o lavabo. Hecho el primer servicio de las vinajeras, el Celebrante, habiendo ofrecido el Cáliz, se lava las manos. Para ello hay que disponer de un receptor de agua, de un jarro que la contenga y de una toalla para que el sacerdote pueda secarse las manos. Puesto que no es menester lavar las manos enteras, sino tan sólo una punta de los dedos que han de tocar la Hostia consagrada, espiritualmente te indica que, para asistir dignamente a la Santa Misa, y sobre todo para comulgar en ella, nos conviene estar limpios no solamente de pecado mortal, sino también habernos purificado el alma de los pecados veniales, y bueno sería si lo hiciésemos asimismo de todas las imperfecciones que nos reconozcamos.

2- Purificador. Encima del cáliz, al prepararlo para la celebración de la Santa Misa, se coloca una pequeña pieza de lino llamada purificador, porque con él se purifica el cáliz frotando el interior de la copa antes de ponerle vino, y luego de haberlo puesto se secan con él las gotas que hubiesen podido quedar en los bordes; también con el purificador se frota la patena y el Celebrante se seca los labios después de haber bebido el vino de la ablución del cáliz, se seca los dedos cuando hace la ablución de éstos y, finalmente, seca con él el cáliz. El purificador puede estar adornado con puntilla o encaje en los bordes, pero para distinguirlo de algunas toallitas de lavabo, que por lo pequeñas se le asemejan, debe traer una cruz bordada en el centro.

3- Atril o facistol. Para sostener el misal en la posición más favorable para su lectura, y para trasladarlo además del modo más fácil y respetuoso, puesto que se trata de un libro tan considerable, existe un pequeño mueble litúrgico llamado facistol. Podría trasladarse el misal abierto y reclinado solamente sobre un cojín del color litúrgico del día; más, como que ordinariamente suelen ayudar la misa niños de pocos años que bastante trabajo tienen muchas veces para levantar del altar el Misal y trasladarlo, por lo mismo podemos decir que el uso del facistol es más práctico. Puede ser de madera o de metal, y tener el plano que sostiene al libro, con inclinación graduable. En días de mayor solemnidad, puede cubrirse el facistol con un paño del color litúrgico de la fiesta... Durante el rezo o canto de las Horas canónicas del Oficio divino, se emplea el llamado facistol de pie, a fin de poder leer o cantar en pie los correspondientes textos litúrgicos. Esta clase de facistoles pueden emplearse también para cantar la Epístola y el Evangelio en la misa solemne; pero en tal caso se les debe cubrir con un paño del mismo color litúrgico de los ornamentos.

4- Patena. Es un plato metálico redondo y casi llano, pero ligeramente cóncavo. En la patena se coloca la Hostia, antes y después de la consagración, por lo que debe ser de la misma calidad que la copa del cáliz y en la parte interior, dorada. .

5- Palia. Se usa en España para poner encima de la hostia no consagrada al ir al altar. Aunque no esté propiamente mandado, la misma reverencia debida a las cosas sagradas ha establecido en la práctica que, al preparar el cáliz para la Santa Misa y poner la patena sobre el purificador con la Hostia, encima de ella, como para resguardarla especialmente, se coloca la palia, que es una especie de tapa de lino redonda y aproximadamente de la misma medida que la Hostia. Por la parte que toca con ella ha de ser lisa, pero puede estar pintada o bordada con motivos adecuados por la parte superior, en la que debe tener asimismo una pequeña presilla para cogerla. Es curioso ver como esta pieza casi ya no se utiliza y que el nombre de la palia se da ahora más bien a la hijuela.

6- Vinajeras. Para la debida preparación del Cáliz durante la Santa Misa con miras a la consagración, es necesario otro complemento del altar denominado vinajeras. Constan de dos jarritas de cristal, más o menos lujosas, conteniendo una de ellas agua y la otra vino. Van juntas sobre una bandeja o plato. Aunque también pueden ser de metal dichas jarritas, en tal caso convendrá que por medio de un letrero bien visible se sepa enseguida cuál es la del vino y cuál la del agua, para evitar posibles confusiones. Las vinajeras sirven en estos dos tiempos: el primero, antes del ofertorio del Cáliz para echar en él una regular cantidad de vino y luego unas gotas de agua; el segundo, después de la Comunión para purificar el Cáliz con vino y agua. Conviene que recuerdes, respecto al servicio de las vinajeras, aquello que dice el Celebrante cuando, la primera vez, a una regular cantidad de vino mezcla unas gotas de agua que enseguida queden transformadas en vino, o sea: pedir que, así como las gotas de agua se cambian en vino, también nuestra pobre naturaleza quede divinizada.

7- Cáliz. Es el vaso sagrado en forma de copa, donde se pone el vino que se ha de consagrar. Ha de ser metálico, tan precioso como sea posible, con pie y un nudo saliente entre éste y la copa propiamente dicha. El cáliz sirve en la Santa Misa para poner el vino y unas gotas de agua, que, después de ofrecido y mediante la consagración, se convierte en la Sangre de Nuestro Señor. Antes los cálices tenían dimensiones mayores que los actuales. Hay cálices valiosísimos, algunos verdaderas obras de arte. La copa ha de ser interiormente dorada. Todo cuanto pueda decirse de la riqueza de los cálices debe animarnos a embellecer nuestra alma en pureza y fervor para que al comulgar, Dios la encuentre pura y limpia como el cáliz. También nosotros somos, en un segundo sentido figurado, cálices vivos, y ojalá seamos menos indignos, por medio de las joyas que son las virtudes.

8- Custodia. que sirve para poner el Santísimo Sacramento a la pública veneración de los fieles.

9- Copón. A diferencia de los primeros siglos, después de la Comunión repartida dentro de la Misa, actualmente se guardan o reservan otras Sagradas Formas a fin de poder dar la Comunión fuera de la Misa y también para que puedan recibirla los enfermos. Esto hace imprescindible un recipiente o depósito, al que generalmente llamamos copón. El copón viene a ser, en materia y forma, parecido a un cáliz, pero provisto de una cubierta que lo cierra. A pesar de lo cual, siempre que no se emplee para repartir la Sagrada Comunión debe guardarse, para mayor respeto, con un envoltorio de seda blanca -color litúrgico de la Eucaristía-, que puede adornarse con bordados decorativos o alegóricos.

10- Incensario. En las Misas solemnes y en la exposición mayor del Santísimo hay que hacer uso del incienso, substancia vegetal olorosa que, al contacto con el fuego, se deshace en blanquísima y perfumada humareda, la cual se tributa como símbolo de honor y reverencia ante todo a Dios y luego al Crucifijo del altar, a las sagradas reliquias, al mismo altar, al pan y vino que han de ser consagrados, a los sagrados ministros y a los fieles en general. Las brasas de fuego están contenidas en el incensario, que es un recipiente metálico sostenido por tres cadenas, con tapa convenientemente perforada y manipulable arriba y abajo mediante una cuarta cadena. Sujetando con una mano las cadenas reunidas en su extremo superior, puede balancearse el incensario de un lado para otro a fin de que el aire atice las brasas de fuego que hay dentro; y cuando hay que servirse de él, una vez provisto del incienso que al arder sale en forma de humo, cogiendo convenientemente las cadenas con las dos manos se le puede dar la dirección que cada momento reclame.

11- Naveta. Tiene la forma de una nave pequeña donde se pone el incienso para la incensación.

12- Cucharita. para cojer el incienso. También en algunas partes se usa una pequeña cucharita para mezclar unas pocas gotas de agua en el vino del Cáliz.

13- Umbela. Es una especie de paraguas que sirve para trasladar al Santísimo de una parte a otra.

14- Hisopo. Pequeña escobilla o brocha que sirve para coger el agua bendita en las bendiciones.

15- Acetre o calderilla. para poner el agua bendita.

16- Bandeja. para colocar debajo de la barba del que comulga por si cayese la Hostia o alguna partícula.

17- Bandeja ordinaria. para recoger las limosnas que dan los fieles dentro de la iglesia.

Ornamentos litúrgicos



    1- Amito. El diácono y el subdiácono -que son los servidores inmediatos del sacerdote-, el mismo sacerdote y hasta el Obispo, que es el clérigo que posee la plenitud del sacerdocio, cuando van a revestirse de sus ornamentos propios se ponen el amito, que es un trozo de tela blanca rectangular y lo suficientemente ancha para que cubra el cuello y los hombros. Lleva en su centro pintada o bordada una cruz, que siempre debe besar el que lo usa antes de ponérselo y al quitárselo; en las puntas delanteras lleva cosidas dos cintas o cordones lo bastante largos para que puedan cruzarse primero sobre el pecho y luego en la espalda, para volver finalmente adelante y unirse con un lazo. Espiritualmente, y por la misma oración que reza el que se lo pone, el amito, que antes cubría la cabeza, viene a ser como el yelmo salvador contra los ataques del demonio. La oración es: Pon, señor, sobre mi cabeza el yelmo de salvación para rechazar los asaltos del enemigo . Nos recuerda que hemos de defendernos de los enemigos de nuestras almas.
    2- Alba. Los clérigos, después de ponerse el amito, se visten como segundo ornamento una túnica que los cubre de arriba abajo, y que, por ser siempre blanca, ha recibido el mismo nombre de su adjetivo en latín: alba. Es uno de los más importantes ornamentos litúrgicos. Proviene de la túnica blanca que llevaban los griegos y romanos en tiempo del Imperio. Místicamente nos recuerda la pureza de corazón que ha de poseer el que la lleva, como la oración que dice el sacerdote al ponérsela: Hazme puro, Señor, y limpia mi corazón, para que, santificado por la sangre del cordero, pueda gozar de las delicias eternas . Si el amito significaba el lienzo con que fue cubierto el rostro de Jesús, el alba significa la vestidura blanca que le hizo poner Herodes.
    3- Manípulo. El sacerdote, (y también el Diácono y el Subdiácono en las misas solemnes), lleva fija sobre el brazo izquierdo una corta franja llamada manípulo. Tiene su origen en un trozo de lienzo o pañuelo que antiguamente llevaban los cónsules y que agitaban en el aire para señalar el principio o fin de algún acto. También servía para enjugar el sudor o las lágrimas. El manípulo, que ha de ser del color litúrgico del día, debe tener en su centro, que viene encima mismo del brazo, una cruz que ha de besar el que lo lleva, tanto antes de ponérselo como después al quitárselo. Ordinariamente también suele ponerse una cruz a cada extremo, aunque no está propiamente mandado. Espiritualmente nos recuerda las buenas obras y que los trabajos y el dolor ofrecidos a Dios serán espléndidamente recompensados.La oración que el sacerdote pronuncia al ponérselo es: Merezca, Señor, llevar el manípulo del llanto y del dolor, para poder recibir con alegría el premio de mis trabajos. El manípulo significa las ataduras de las manos al ser azotado Nuestro Señor.
    4- Estola. La estola fue en su origen una faja o banda que algunos llevaban como adorno o señal de autoridad y otros por necesidad. Sólo pueden llevarla los Obispos, Sacerdotes y Diáconos, aunque de un modo distinto cada uno. El diácono la lleva sobre el hombro izquierdo y la hace cruzar a su lado derecho sujetándola con el cíngulo. El Sacerdote, la lleva cruzada sobre el pecho, y el Obispo simplemente colgando del cuello, como también puede hacerlo el Sacerdote siempre que la lleva puesta encima de la sobrepelliz, como por ejemplo, cuando administra la Sagrada Comunión fuera de la Santa Misa. Su longitud, pues, debe ser suficiente para que, pasada por el cuello y cruzada por delante del pecho del Sacerdote, cada extremo, sujetado a ambos costados por el cíngulo, pueda todavía caer, resaltando sobre la blancura del alba. Espiritualmente, la estola puede recordarnos la dignidad de hijos de Dios que desgraciadamente perdimos por el pecado de Adán y Eva, y así, al ver que el sacerdote, que es nuestro representante ante el Altísimo, lleva la estola puesta, podemos gozosamente contar con que la divina gracia nos devolverá aquella dignidad y herencia que le corresponde, es decir, la eterna Gloria. La Iglesia hace pedir, al imponérsela el Sacerdote, la inmortalidad, perdida por el pecado, y el premio de nuestro último y feliz destino: Devuélveme, Señor, la estola de la inmortalidad, que perdí con la prevaricación del primer padre, y aún cuando me acerque, sin ser digno, a celebrar tus sagrados misterios, haz que merezca el gozo sempiterno . La estola significa las sogas con que Nuestro Señor fue arrastrado al Calvario.
    5- Bolsa para corporales. En ella se colocan los corporales cuando no se han de poner sobre el altar.
    6- Cíngulo. Para que el alba, se adapte convenientemente al cuerpo del que la lleva y quede redondeada por su parte inferior sin que cuelgue por ningún lado, el clérigo se ciñe sobre ella un grueso cordón, el cíngulo, que puede ser blanco, dorado o del color litúrgico del día; el cual, fijado primero por delante y haciéndolo cruzar por detrás, vuelve simplemente a cada lado, desde donde cuelga hacia abajo el cordón que sobra, y que ordinariamente va rematado por una borla. Espiritualmente nos recuerda, según la oración que reza el sacerdote, la necesidad de luchar contra las bajas pasiones de la carne: Cíñeme, Señor, con el cíngulo de la pureza, y apaga en mis carnes el fuego de la concupiscencia, para que more siempre en mí la virtud de la continencia y castidad. El cíngulo significa las cuerdas con que fue atado Nuestro Señor en el huerto de los Olivos.
    7- Casulla. Vestidura exterior de los sacerdotes, que se coloca encima de todos los demás ornamentos. El ornamento propio del sacerdote durante la celebración de la Santa Misa y el más importante de todos es la casulla. Esta palabra, que significa tienda, dado que la casulla es de tela, viene a indicar que, así como la vela de una tienda de campaña la cubre totalmente, de igual modo la casulla -que ha de ser de seda, del color litúrgico del día, y también ornamentada como sea posible- cubría totalmente al sacerdote, el cual sacaba la cabeza por la abertura que para tal fin había en el punto central del mismo, y los brazos por los lados, quedando alrededor de los brazos amplios pliegues. Para aligerar esta incomodidad los ministros asistentes ayudaban al sacerdote, sosteniéndole un poco la casulla cuando éste había de alzar mucho los brazos, como en la incensación y en la elevación. (De ahí ha quedado la costumbre de levantar la casulla por detrás en el momento de la elevación). Con el tiempo, y a fin de evitar esa molestia, se fue recortando la tela de los lados hasta llegar a las casullas que véis en la imagen (la llamada casulla "romana") y que no llegan más que a los hombros. Espiritualmente, la casulla nos recuerda el suave yugo de la ley del Señor. La oración que reza el Sacerdote al revestirse de ella es: Señor, que has dicho: "Mi yugo es suave y mi carga ligera", haz que lo lleve de tal modo, que consiga tu gracia. Amén . La casulla significa el vestido de púrpura puesto a Jesús cuando le trataron en son de burla como rey.
    8- Bonetes. Pueden tener estas dos formas: forma romana y forma española.
    9- Dalmática. El último ornamente que visten, lo mismo que el Diácono el Subdiácono, es la dalmática, holgada túnica de seda que corresponde al color litúrgico, acortada en su parte inferior y abierta un buen trozo por los lados. Se llama así por proceder de la Dalmacia. Antes la dalmática propiamente privativa del diácono; y el subdiácono, en lugar de dalmática, llevaba una pieza parecida, pero distinta, llamada tunicela, que solía ser un poco más corta y menos rica en sus adornos. Hoy son prácticamente iguales y tan sólo se distinguen por su ornamentación. Se aconseja al diácono y al subdiácono que, al revestirse, recen una oración que a nosotros puede servirnos también para poner piadosamente a tono nuestro espíritu al verles revestidos de ella. El diácono dice: "Revestidme, Señor, con el ornamento de salvación y con el vestido de gozo; y cubridme siempre con la dalmática de la santidad" . El subdiácono: "Que el Señor me revista con la túnica del gozo y con el ornamento de la alegría" .
    10- Cubrecáliz. Una vez dispuesto el cáliz para la Santa Misa, no se lleva al presbiterio ni al altar sin cubrirlo antes con una seda rectangular del color litúrgico del día, la cual, por esta razón, lleva el nombre de cubrecáliz. Puede estar ribeteada con un galón dorado y llevar también pintada o bordada una cruz griega, o sea, de brazos iguales, en su parte delantera; si lleva la cruz, ésta resulta visible cuando el cáliz está sobre el altar y cubierto, que es al comienzo y al final de la Santa Misa.
    11- Corporales. A fin de asegurar enteramente que el contacto de Jesús Sacramentado sobre el altar tenga las máximas garantías de limpieza, además de los blancos manteles que litúrgicamente deben cubrir el altar, antes de la Misa y antes de dar fuera de ella la Sagrada Comunión, como igualmente siempre que vayan a exponer el Santísimo, deben extenderse en medio de la mesa del altar los corporales, los cuales son como un pequeño mantel blanco de lino, de unos dos palmos y medio en cuadro que, doblado en cuatro dobleces, tiene nueve porciones iguales. Si bien pueden ir adornados con un encaje estrecho alrededor, no deben tener ningún bordado porque habiéndose de poner encima la Sagrada Hostia, ninguna partícula que pueda desprenderse de ella quede arrinconada en el bordado o pase debajo de los corporales. Aquí, más que en ninguna otra parte, hay que hacer prevalecer aquella norma práctica tan juiciosa: primero es la utilidad que la belleza.
    12- Hijuela. Antes, los corporales eran mucho mayores que ahora, porque en la Santa Misa, cuando ya había en el cáliz el vino con unas gotas de agua y el Celebrante lo había ofrecido en el Ofertorio, lo cubría con un extremo de los corporales para evitar que pudiera caer dentro ya fuese polvo, ya cualquier brizna u otra cosa; pero como que esto traía sus inconvenientes, se cortó del extremo de los corporales un trozo que venía justo para tapar el cáliz. Por dicha razón, este trozo cuadrado del mismo lino que los corporales y planchado como ellos, que va suelto dentro de sus pliegues para cubrir con él, al ser el momento, la copa del cáliz, se llama naturalmente hijuela, es decir, pieza originaria o que procede de los mismos corporales. Puede la hijuela tener encaje en los bordes, si se prefiere en la parte superior puede haber incluso algún bordado, pero no calados ni vainica en el dobladillo, puesto que su finalidad es cubrir la boca del cáliz, y podrían dejar pasar lo que precisamente deben impedir. Este gran cuidado, que jamás es extremado tratándose de lo que se trata, te indica que en las cosas referentes a Dios debemos conducirnos siempre con la máxima delicadeza.
    13- Capa pluvial. Parece que antes, en las frecuentes procesiones que se hacían por los alrededores de los pueblos, los clérigos llevaban previsoramente para guardarse de la posible lluvia esta capa, que, además de cubrirles el cuerpo, tenía entre los hombros una capucha para poder cubrirse la cabeza si empezaba a llover. Por esto, pues, aún hoy en día, por tal recuerdo a esta capa se le llama pluvial, o sea para la lluvia, y por la misma razón, en acuerdo de su origen, se le añade en su puesto adecuado una capucha. Conviene saber que es obligatoria, cuando se tiene, para ciertas ceremonias o bendiciones más solemnes, por ejemplo la bendición anual de las candelas, de la ceniza, de los ramos y del fuego nuevo; también debe llevarse en la bendición con la custodia durante la exposición del Santísimo, así como en una procesión eucarística. No es de uso exclusivo del Sacerdote, pero no pueden usarla los seglares.
    14- Humeral o paño de hombros. Es el velo blanco que se usa para llevar el Santísimo Sacramento, reliquias, etc.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Reflexión: San Pío X.


“San Pío X amó y sirvió con suma fidelidad a la Iglesia. Desde el comienzo de su Pontificado acometió una serie de profundas reformas. De modo particular dedicó una especial atención a los sacerdotes, de quienes lo esperaba todo. De su santidad, dijo muchas veces y de modos distintos, dependía en gran medida la santidad del pueblo cristiano. En el cincuenta aniversario de su ordenación sacerdotal dedicó a los sacerdotes una exhortación que tenía como motivo: Sobre cómo deben ser los sacerdotes que la Iglesia necesita. Pedía, ante todo, sacerdotes santos, entregados por entero a su labor de almas.
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“Muchos de los problemas, necesidades y circunstancias de aquellos once años de Pontificado de San Pío X, siguen siendo actuales. Por eso, hoy puede ser una buena ocasión para que examinemos cómo es nuestro amor con obras a la Iglesia; si, en medio de los quehaceres temporales, cada uno de nosotros tiene “una viva conciencia de ser un miembro de la Iglesia, a quien se la ha confiado una tarea original, insustituible e indelegable, que debe llevar a cabo para el bien de todos”: dar buena doctrina, aprovechando toda ocasión oportuna, o creándola; ayudar a otros a que encuentren el camino de su reconciliación con Dios, mediante la Confesión sacramental; pedir cada día y ofrecer horas de trabajo bien acabado por la santidad de los sacerdotes; ayudar, con generosidad, al sostenimiento de la Iglesia y de obras buenas; contribuir a la difusión del Magisterio del Papa y de los Obispos, principalmente en asuntos que se refieren a la justicia social, a la moralidad pública, a la enseñanza, a la familia… “¡Qué alegría, poder decir con todas las veras de mi alma: amo a mi Madre la Iglesia santa!”. Un amor que se traduce cada día en obras concretas.
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“Examinemos también cómo es nuestro amor filial al Papa, que para todos los cristianos ha de ser “una hermosa pasión, porque en él vemos a Cristo”. Meditemos junto al Señor si pedimos todos los días por la persona del Romano Pontífice, para que el Señor lo custodie y lo vivifique y le haga dichoso en la tierra…, si estamos unidos a sus intenciones, si rezamos por ellas.
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“Dios todopoderoso y eterno, que para defender la fe católica e instaurar todas las cosas en Cristo, colmaste al Papa San Pío X de sabiduría divina y de fortaleza apostólica; concédenos que, dóciles a sus instrucciones y ejemplos, consigamos la recompensa eterna. Amén”.
*
De: Francisco Fernández Carvajal, Hablar con Dios, tomo VII, Madrid, Ediciones Palabra, 1987.

jueves, 3 de septiembre de 2009

San Pío X


José Sarto, después Pío X, nació en Riese, poblado cerca de Venecia, Italia en 1835 en el seno de una familia humilde siendo el segundo de diez hijos.
Todavía siendo niño perdió a su padre por lo que pensó dejar de estudiar para ayudar a su madre en los gastos de manutención de la familia, sin embargo ésta se lo impidió y pudo continuar sus estudios en el seminario gracias a una beca que le consiguió un sacerdote amigo de la familia.
Una vez ordenado fue vicepárroco, párroco, canónigo, obispo de Mantua y Cardenal de Venecia, puestos donde duró en cada uno de ellos nueve años. Bromeando platicaba que solamente le faltaban nueve años de Papa.
Muchas son las anécdotas de este santo que reflejan tanto su santidad como su lucha por superar sus defectos, entre ellas destacan tres:
Siendo Cardenal de Venecia se encontró con un anciano al que la policía le había quitado el burro que tenía para trabajar; al enterarse el Cardenal se ofreció a pagar la multa que le cobraban y a acompañarlo a recoger el burro porque exigían al anciano que lo respaldara una persona de confianza. Ante la negativa del anciano para que lo acompañara el Cardenal afirmó que si una obra buena no costaba no merecía gran recompensa
Cuando era un sacerdote joven, José Sarto, estando con su hermana se quejó de dolor de muelas lo que provocó que ella lo criticara y lo tachara de quejoso y flojo respondiéndole con una bofetada. Sintiéndose avergonzado se disculpó por ser tan violento, defecto que fue corrigiendo. Asimismo, una vez de visita en el Colegio de San Juan Bosco fue invitado a almorzar en la pobreza de ese colegio, donde al salir buscó un mejor lugar para comer, aunque después se volvió más y más sacrificado.
En 1903 al morir León XIII fue convocado a Roma para elegir al nuevo Pontífice. En Roma no era candidato para algunos por no hablar francés y él mismo se consideraba indigno de tal nombramiento.
Durante la elección los Cardenales se inclinaron en principio y por mayoría por el Cardenal Rampolla, sin embargo el Cardenal de Checoslovaquia anunció que el Emperador de Austria no aceptaba al Cardenal Rampolla como Papa y tenía el derecho de veto en la elección papal, por lo que el Cardenal Rampolla retiró su nombre del nombramiento. Reanudada la votación los Cardenales se inclinaron por el Cardenal Sarto quien suplicó que no lo eligieran hasta que una noche una comisión de Cardenales lo visitó para hacerle ver que no aceptar el nombramiento era no aceptar la voluntad de Dios. Aceptó pues convencido de que si Dios da un cargo, da las gracias necesarias para llevarlo a cabo.
Escogió el nombre de Pío inspirado en que los Papas que eligieron ese nombre habían sufrido por defender la religión.
Tres eran sus más grandes características: La pobreza: fue un Papa pobre que nunca fue servido más que por dos de sus hermanas para las que tuvo que solicitar una pensión para que no se quedaran en la miseria a la hora de la muerte de Pío X; la humildad: Pío X siempre se sintió indigno del cargo de Papa e incluso no permitía lujos excesivos en sus recámaras y sus hermanas que lo atendían no gozaban de privilegio alguno en el Vaticano; la bondad: Nunca fue difícil tratar con Pío X pues siempre estaba de buen genio y dispuesto a mostrarse como padre bondadosos con quien necesitara de él.
Una vez que fue elegido Papa decretó que ningún gobernante podía vetar a Cardenal alguno para Sumo Pontífice.
Dentro de sus obras destaca el combate contra dos herejías en boga en esa época: Modernismo, la cual la combatió en un documento llamado Pascendi estableciendo que los dogmas son inmutables y la Iglesia si tiene autoridad para dar normas de moral; la otra herejía que combatió fue la del Jansenismo que propagaba que la Primera Comunión se debía retrasar lo más posible; en contraposición Pío X decretó la autorización para que losn iños pudieran recibir la comunión desde el momento en que entendía quien está en la Santa Hostia Consagrada. Este decreto le valió ser llamado el Papa de la Eucaristía.
Fundó el Instituto Bíblico para perfeccionar las traducciones de la Biblia y nombró una comisión encargada de ordenar y actualizar el Derecho Canónico. Promovió el estudio del Catecismo.
Murió el 21 de agosto de 1914 después de once años de pontificado.
ORACIÓN A SAN PÍO X
Glorioso Papa de la Eucaristía, San Pío X, que te has empeñado en “restaurar todas las cosas en Cristo”. Obtenme un verdadero amor a Jesucristo, de tal manera que sólo pueda vivir por y para Él. Ayúdame a alcanzar un ardiente fervor y un sincero deseo de luchar por la santidad, y a poder aprovechar todas las riquezas que brinda la Sagrada Eucaristía. Por tu gran amor a María, madre y reina de todo lo creado, inflama mi corazón con una tierna y gran devoción a ella.Bienaventurado modelo del sacerdocio, intercede para que cada vez hayan más santos y dedicados sacerdotes, y se acrecienten las vocaciones religiosas. Disipa la confusión, el odio y la ansiedad, e inclina nuestros corazones a la paz y la concordia, a fin de que todas las naciones se coloquen bajo el dulce reinado de Jesucristo. Amén.
*
ORACIÓN
*
Oh Dios, que para defender la fe católica
y restaurar todas las cosas en Cristo
has llenado al Sumo Pontífice San Pío X
de celeste sabiduría y apostólica fortaleza;
concede propicio que, siguiendo sus
enseñanzas y ejemplos, consigamos los premios
eternos. Por el mismo Jesucristo Nuestro Señor,
que contigo vive y reina en unidad
del Espíritu Santo por los siglos de los siglos.
*
Martirologio Romano (1956): 3 de Septiembre

miércoles, 2 de septiembre de 2009

La Misa dicha en latín



Cambiar de lengua es cambiar de país.
El hecho que en el templo se emplee una lengua distinta de la que empleamos en nuestra vida
cotidiana, debe hacernos comprender que cuando entramos en el templo entramos en otra patria.
Dejamos la “ciudad terrestre” para entrar en el cielo que es nuestra verdadera patria. La liturgia
terrestre es una anticipación o una imagen de la liturgia celeste.
Cambiar de lengua es un signo que nos recuerda que al entrar en la iglesia hemos de abandonar
nuestros pensamientos mundanos, nuestros intereses terrestres. En una palabra: hemos de
cambiar de patria.
Además, el latín es una lengua sagrada.


Las cosas sagradas son aquellas cosas que han sido “separadas”, “puestas a parte” y destinadas al
servicio y culto de Dios.
El latín cumple perfectamente la función de lengua sagrada, excluida del uso cotidiano y
empleada casi exclusivamente para alabar, bendecir y dar culto a Dios. Por ello el papa Pablo VI
decía con razón que el latín es una lengua angélica.
Es cierto que en nuestros días no faltan quienes nieguen la posibilidad misma de una lengua
sagrada, al reducir la utilidad del lenguaje a la comunicación interpersonal. Pero esta objeción se
inscribe en una crítica más general, que niega todo sentido dentro del cristianismo a la distinción
entre “sagrado” y “profano”. Aceptar dicho punto de vista equivale a oponer religión y
cristianismo como dos realidades opuestas, con la consiguiente reducción del cristianismo a una
dimensión terrestre y horizontal, sin apertura a la trascendencia.
En su constitución apostólica Veterum Sapientia el papa Juan XXIII expone muchas de las
cualidades y valores de la lengua latina. Dice el Pontífice que el latín es la lengua católica. En
efecto el latín es al mismo tiempo la lengua de todos los fieles en común y de ninguno en
particular. Por eso es la lengua de la Iglesia.
La Biblia nos enseña que la división de las lenguas fue la consecuencia del pecado de los
hombres. Usando un solo lenguaje universal y común, la liturgia cristiana prefigura y anuncia la
concordia y la unidad del género humano en la Jerusalén celestial.
Dice también Juan XXIII que el latín no es una lengua vulgar sino por el contrario una lengua
llena de nobleza y majestad.
Y ello en primer lugar porque el genio humano la ha ennoblecido con su sello usándola como
instrumento en la producción de obras maestras de la literatura universal, patrimonio cultural de
toda la humanidad.
Además de ello el latín es una lengua concisa que, debido a su construcción gramatical, cincela el
lenguaje otorgándole una cadencia y un vigor inigualables. El latín es una lengua de frases
lapidarias
Por último, con el uso del latín la Iglesia proclama su romanidad. La lengua que nació y se
desarrolló en la región del Latium, cuya capital es Roma, manifiesta que la Iglesia universal es
romana, fundada sobre Pedro y sus sucesores, los obispos de Roma.
Universalidad, unidad, sacralidad, cultura, romanizad… He aquí algunos de los preciosos valores
que nos transmite el latín. Esta lengua augusta no merece hallarse hoy en día en el banquillo de
los acusados. Y mucho menos que sus acusadores sean los católicos, para quienes ha sido y es la
lengua.


*


A pesar de que en nuestros días sea lícito y legítimo celebrar la misa en lengua vulgar, no se han de olvidar las intervenciones del Magisterio:
Por ejemplo:, Concilio de Trento (sesion XXII, can. 9): “Si alguno dijere (...) que sólo debe celebrarse la Misa en lengua vulgar (...), sea anatema”.
El Papa Pío VI en la bula “Auctorem fidei ” :
“La proposición que afirma que sería contra la práctica apostólica y los consejos de Dios, si no se le procuraran al pueblo modos más fáciles de unir su voz a la voz de toda la Iglesia entendida de la introducción de la lengua vulgar en las preces litúrgicas, es falsa, temeraria, perturbadora del orden prescrito para la celebración de los misterios y fácilmente causante de mayores males”.

martes, 1 de septiembre de 2009

La orientación del altar



La posición del altar y la dirección adoptada por el celebrante y los fieles durante el culto litúrgico
es una cuestión de plena actualidad en el debate teológico y litúrgico. Ya han pasado los años
durante los cuales la celebración versus populum se impuso sin posibilidad de debate, hasta el punto
que fueron acalladas voces tan autorizadas como las de Jungmann, L. Bouyer, e incluso
Ratzinger, que ya en los años sesenta se elevaron contra la generalización de ésta práctica.
Cada vez parece mas urgente la “recuperación” del carácter sacrificial de la Misa, eclipsado con
frecuencia en la pastoral litúrgica de los últimos años, en favor de una concepción de la Misa
reducida à un festín, o aun encuentro fraternal.
Se va extendiendo en amplios sectores la necesidad de resaltar el doble aspecto de la Eucaristía,
que es un sacrificio además de un sacramento. De hecho en la sagrada Eucaristía no solo se
contiene y se recibe a Cristo (eucaristía-sacramento), sino que además en ella el mismo Cristo es
ofrecido en holocausto por la salvación del mundo ( eucaristía-sacrificio = Misa)
Las nociones de “sacrificio” y de “sacramento” son diferentes entre sí, aunque las dos pertenecen
al ámbito de lo religioso.
El sacrificio consiste principalmente en una ofrenda que el hombre hace a Dios. El sacramento, en
cambio, consiste en un don que Dios hace al hombre.
Los sacramentos han sido instituidos por Dios para los hombres, se administran a los hombres, etc.
En cambio el sacrificio es sólo para Dios.
Cuando celebra la Misa, el sacerdote está ofreciendo un sacrificio a la divinidad, por eso se coloca
en el altar vuelto hacia el Señor y no hacia los fieles.
En cambio, cuando administra los sacramentos (p.ej.: cuando da la comunión, o bautiza) el
sacerdote se vuelve hacia los fieles.
La posición del sacerdote de cara al pueblo es menos expresiva de la verdadera naturaleza de la
Misa. Los fieles acaban pensando que en dicho acto de culto ellos son los protagonistas, que el
sacerdote se dirige a ellos, que la Misa es ofrecida a ellos y no por ellos, lo cual es falso.
Decir, como se oye con frecuencia, que en el rito tradicional el sacerdote celebra dándole la
espalda al pueblo, es inexacto. No se trata de darle la espalda a nadie, sino de volverse todos
juntos hacia el Señor.
Todos los asistentes (incluso el sacerdote) se vuelven hacia el Señor. Esto es lo que ocurre
espontáneamente cada vez que un grupo de personas se reúnen para atender a una realidad
distinta de ellos mismos. En el cine o en el teatro todos se sientan mirando a la pantalla o al
escenario. A nadie se le ocurre decir que los espectadores se han sentado de espaldas los unos a
los otros… Lo que interesa a todos es la pantalla o el escenario, por eso todos la miran. Si uno de
los espectadores se sentara mirando a la sala, quien estaría sentado de espaldas sería él: De
espaldas a la pantalla, que es lo que atrae y congrega a los espectadores de una sala de cine o
teatro.
A las razones de sentido común que acabamos de exponer se añaden otras de carácter litúrgico e
histórico.
Se sabe con certeza que ya alrededor del ano 200 (y probablemente ya desde el comienzo del siglo
II), tanto en oriente como en occidente, los cristianos oraban vueltos hacia el oriente, hacia el sol
naciente. El testimonio de Orígenes (muerto hacia el 253) es formal, y muestra como incluso en
caso de conflicto, la orientación versus orientem debe prevalecer. He aquí su texto4 :
“Nos queda por hablar aún de la dirección celeste hacia la cual conviene mirar durante la oración. Hay cuatro
puntos cardinales: norte, sur, este y oeste; ¿Quien no reconocerá que conviene orar hacia el este, como símbolo, para
que el alma se oriente hacia la aparición de la luz verdadera?. Si las puertas de la casa se abren hacia otra
dirección, y alguien quiere orar vuelto hacia esta apertura de la casa afirmando que el cielo libre es mas atractivo
para nuestras miradas que el muro – en el caso en que, por azar, la casa no tenga ninguna apertura hacia el
oriente- habrá que replicar lo siguiente: las casas disponen de aperturas según la voluntad arbitraria de los
hombres, mientras que el oriente es más digno que los otros puntos cardinales por la obra misma de la naturaleza.
Así pues, hemos de preferir lo que la misma naturaleza ha creado a aquello que ha sido construido
arbitrariamente”.
La ley de la orientación de la oración preside en la Iglesia antigua no sólo la oración privada, sino
también la oración pública y la arquitectura de los edificios sagrados. Los testimonios relativos a
la orientación en el culto, abundan sobre todo en oriente. Como ejemplo citaremos a S. Juan
Damasceno5:
“No es por simplismo o por azar que oramos vueltos hacia oriente… Puesto que Dios es luz inteligible y que en la
Escritura Cristo es llamado Sol de justicia y Oriente, para darle culto es necesario volverse al oriente. La Escritura
dice: Dios plantó un jardín en Edén, al oriente, y allí colocó al hombre que había plasmado. Buscando la antigua
patria y tendiendo hacia ella, rendimos culto a Dios. También la tienda de Moisés tenía el propiciatorio vuelto
hacia el oriente. Y la tribu de Leví, que era la más insigne, acampó en la parte vuelta hacia oriente. En el templo
de Salomón la puerta del Señor se hallaba vuelta hacia oriente. Finalmente, el Señor clavado en la cruz miraba
hacia occidente y por eso nosotros nos postramos hacia oriente, mirando hacia El. En el momento de ascender al
cielo fue elevado hacia el oriente, así lo adoraron los discípulos y así vendrá de nuevo, en el mismo modo en que lo
vieron subir al cielo. Como lo dijo el mismo Señor: “Como el relámpago que sale del oriente y brilla hasta el
occidente, así será la venida del Hijo del hombre” (Mat. 24, 27). Por eso, esperando su venida, nos postramos
mirando hacia oriente. Se trata de una tradición no escrita, que se deriva de los Apóstoles”.
En razón de ésta práctica antiquísima las iglesias primitivas eran construidas, en general, con el
altar mirando hacia el oriente. Esta orientación del altar se señaló muy pronto por medio de una
cruz en el muro. Cuando por una serie de razones de índole práctica, que no podemos
detenernos a explicar, ya no se tuvo en cuenta la orientación geográfica del ábside, el principio de
la oración orientada hacia el Señor siguió siendo observado: La cruz puesta en el centro de todo
altar, es el foco sagrado sobre el que se centra todo el culto litúrgico.
Los trabajos históricos y litúrgicos más recientes6 ponen de manifiesto que la idea de un cara a
cara entre el celebrante y la asamblea (desconocida en la iglesia primitiva) se remonta a Lutero,
quien en su opúsculo Deutsche Messe (La Misa alemana) se expresa así:
“Conservaremos los ornamentos sacerdotales, el altar y las velas… hasta que nos convenga cambiarlos. Pero en la
verdadera misa, entre verdaderos cristianos, será necesario que el altar no quede como está y que el sacerdote se
vuelva siempre hacia el pueblo, como sin duda lo hizo Cristo durante la cena”.
Hoy en día sabemos que en tiempos de Cristo y aún siglos más tarde, se empleaba una mesa en
forma de U (en semicírculo). La parte delantera quedaba libre para permitir servir los diferentes
platos. Los convidados estaban sentados o recostados detrás de la mesa semicircular. El sitio de
honor no estaba, como pudiera pensarse, en el centro sino a la derecha (in cornu dextro).
Pero el verdadero motivo del fundador del protestantismo no es histórico, sino teológico. Al
rechazar que la misa sea un verdadero sacrificio, la eucaristía se reduce a su dimensión de
sacramento: la comunidad se reúne, hace memoria de Cristo y recibe la comunión. Pero nada de
sacrificio ofrecido a Dios.
Por lo tanto es lógico que se suprima el altar y se lo reemplace por una mesa, en torno a la cual se
celebra el banquete ritual…